Caramelo Ñam Ñam extra 1
1
—Estoy embarazado.
¡Pfff! Do-jin escupió su batido de proteínas.
—¿...Eh? ¿Qué...?
Un líquido espeso de color chocolate chorreó por la barbilla de Do-jin. En el rostro de Hyun-oh, que esperaba tímidamente una reacción, apareció por un instante una expresión de asco absoluto que decía: "Ay, qué asco..."
Sin embargo, Hyun-oh pronto recuperó su expresión tímida. Jugueteaba con las manos tras la espalda, como si acabara de dar una buena noticia y estuviera esperando una respuesta. El líquido goteaba formando charcos alrededor de los pies de Do-jin, que seguía con la boca abierta.
¿Qué...qué es esto? ¿A qué viene esta broma tan repentina? ¿Acaso está grabando un video de cámara oculta tipo: "POV: Tu mejor amigo te dice que está embarazado de tu hijo (pero ambos son hombres)"?
Intentó buscar una razón realista por un momento, pero se detuvo. Cuando su primer amor, su último amor y el amante que amaría por siempre dejó un palo de plástico alargado sobre la encimera de la cocina, la mente de Do-jin volvió a quedarse en blanco, como si la hubieran lavado con lejía.
—Es nuestro hijo.
Los ojos de Do-jin se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir. Su cabeza estaba llena de signos de interrogación.
¿Embarazo? Es algo que se debe celebrar. ¿Un hijo? Es una alegría. Pero el problema fundamental de esta situación tan desconcertante es...
—¿...C-cómo puede embarazarse un hombre?
—¿De verdad te parece que eso es lo más importante ahora?
En un instante, la mirada de Hyun-oh se volvió afilada. Do-jin, amilanado por la intensidad, encogió los hombros. Ah, no...es importante, claro... ¿Cómo va a estar un hombre embarazado...?
Afortunadamente, Hyun-oh pareció comprender la confusión de Do-jin. Tras soltar un largo suspiro, volvió a poner esa expresión de timidez ante la situación. Con el dedo índice, empujó con torpeza la prueba de embarazo hacia Do-jin.
—Aquella vez...ya sabes. Aquella vez.
¿Sería por ese tono de voz, como si susurrara un secreto? ¿O quizás por el rostro de Hyun-oh, que reflejaba la ilusión de quien ha esperado una bendición durante mucho tiempo?
De pronto, Do-jin sintió que la cara le ardía. Es cierto... ¿era tan importante saber cómo puede embarazarse un hombre?
Además, de una forma muy, muy extraña, en el momento en que Hyun-oh mencionó "aquella vez", Do-jin también pudo recordar exactamente cuál fue ese "momento imposible". El rostro de Do-jin empezó a ponerse rojo como un tomate, haciendo que sus quejas sobre cómo un hombre podía embarazarse quedaran en nada.
—Cuando lo hicimos...sin protección...creo que fue entonces. Por las fechas...
Su voz, de por sí tenue, se convirtió en un murmullo casi inaudible, y se oyó el sonido de Hyun-oh tragando saliva con dificultad. Do-jin, con la garganta seca, imitó el gesto casi al mismo tiempo.
—Ajem, ejem...mmm...
—Ejem, jem...
Ambos giraron la cabeza al unísono y soltaron carraspeos incómodos. En un instante, un aire de timidez y torpeza empezó a flotar entre Do-jin y Hyun-oh.
Do-jin se limpió tardíamente el batido de proteínas de la barbilla. Sin embargo, no fue un gesto para quitarse la suciedad. Era porque sentía un ardor y un hormigueo tan fuerte en el corazón y en la boca del estómago que necesitaba frotarse la cara para poder soportarlo.
—¿Aquella...vez...?
—...Sí, aquella vez...
La mano que le frotaba la boca acabó agarrándole la barbilla con fuerza. Su mano, que apretaba tanto que dejó una marca roja, estaba temblando.
¿Así, de forma tan inesperada, ha llegado un ángel? ¿Un bebé suyo y de Hyun-oh?
En el momento en que asimiló la realidad que se le presentaba, una sacudida de intensidad increíble golpeó a Do-jin.
Sentía como si le saliera vapor hirviendo por las mejillas, la cabeza y el cuello. No, el calor estallaba desde lo más profundo de su ser.
Su pecho latía con una ilusión loca y sentía como si en su cerebro estallaran fuegos artificiales como si fuera un volcán activo. Empezó a escuchar el sonido de dulces trompetas en algún lugar, y una euforia que nunca había sentido en su vida lo invadió de pies a cabeza.
—...Snif...
De pronto, la mirada de Do-jin se dirigió a la prueba de embarazo, que mostraba dos rayas rojas bien marcadas. Miró el palo de plástico que no cambiaba, y luego a Hyun-oh, que no sabía dónde meterse de la vergüenza. Tras alternar la mirada varias veces, Do-jin se agarró las mejillas con ambas manos.
¡¡Aaaaaaaaah...!! Do-jin soltó un grito de alegría y, sin poder contener el éxtasis que lo desbordaba, abrazó a Hyun-oh con fuerza.
—¡Cariño!
—¡Agh!
Hyun-oh quedó aplastado en sus brazos. ¡Aaaaaaaaaah! Do-jin, sosteniendo en brazos al "aplastado" Hyun-oh, empezó a agitarse. Dio vueltas, sacudió la cabeza, soltó carcajadas y empezó a dar besos en cada parte del cuerpo de Hyun-oh que rozaba sus labios...
¡Un bebé! ¡Un bebé mío y de Hyun-oh! ¡Alguien de quien debo hacerme cargo, a quien debo alimentar toda la vida, mantener, proteger y hacer feliz...!
—¡Lo haré, lo haré bien!
Do-jin gritó con una voz tan potente que retumbó en todo el mundo. Hyun-oh, con los pies colgando en el aire, tenía una expresión mezcla de "¡ay, qué escándalo!" y "¿pero qué haces?", pero no parecía estar de mal humor.
—¡Yo! ¡Yo! ¡Me haré responsable sin falta!
La voz de Do-jin, cada vez más alta, empezó a sonar llorosa. Su rostro, lleno de excitación y al borde del llanto, se puso rojo intenso.
—¡¡Yo!! ¡¡Haré que tú y el bebé sean las personas más felices de este mundo!!
Finalmente, Do-jin estalló en un mar de lágrimas. Se dio cuenta de que uno puede llorar de pura felicidad. Eso pensaba Do-jin mientras sollozaba ruidosamente.
De inmediato, Do-jin decidió que ganaría dinero por cualquier medio. Dinero. Necesitaba más dinero sin falta. Como se había convertido de repente en el cabeza de familia responsable de una nueva vida, lo más importante ahora era el capital.
Primero, tendría que asegurar la mayor cantidad posible de ahorros antes de que naciera el bebé. La determinación de alimentar a su mujer y a su hijo por sus propios medios, como cabeza de familia, empezó a dominar a Do-jin.
¿Qué importaba tener dos trabajos? Trabajaría en tres o cuatro si hiciera falta, incluso si tenía que consumirse en el intento. La idea de que ahora era el pilar de este hogar lo hacía arder de motivación.
Pero era algo muy extraño. Claramente, Do-jin tenía un trabajo legítimo. El año pasado, a los veintisiete años, Do-jin aprobó las oposiciones y fue destinado a una escuela secundaria de chicas en Ilsan, donde trabajaba como profesor de educación física.
Sinceramente, aunque el sueldo de un profesor novato en su segundo año no fuera una fortuna, debería ser suficiente para hacerse cargo de Hyun-oh y del bebé. Al fin y al cabo, ya se estaba haciendo cargo de casi todos los gastos de Hyun-oh, cuyos ingresos eran cercanos a cero mientras se preparaba para las oposiciones a la policía.
Sin embargo, en este preciso momento, Do-jin...
—¡Eh, joven Yoo! ¡Descansa un poco!
—¡Síii!
...De una forma un tanto clásica, estaba dando vueltas en una obra de construcción haciendo trabajos pesados.
Do-jin, que confiaba plenamente en cualquier actividad física, se convirtió pronto en el trabajador estrella. Con el casco de seguridad y el chaleco puestos, cargaba materiales y subía y bajaba escaleras todo el día sin sentir cansancio.
Su día a día era el ejercicio. Además, era un exestudiante de educación física y actual profesor de gimnasia. Durante su servicio militar, Do-jin incluso había obtenido la distinción de "guerrero de élite". El trabajo físico se le daba de maravilla.
Además, preguntas como: "¿Qué hace un chico tan joven por aquí? ¿Cómo es que has acabado en la obra?", lo ponían en modo entusiasta. Porque se sentía obligado a responder: "¡Es porque tengo en casa a una mujer preciosa y a un hijo pequeño a los que alimentar!".
Los veteranos de la obra le tenían cariño a Do-jin. ¿Veintiocho años? Decían que era una edad temprana para estar casado, pero que era muy aplicado y responsable, así que se lo llevaban a los restaurantes cercanos a la obra para invitarlo a copas.
Un trago de soju con un estofado de abadejo picante pagado con el modesto jornal, otro trago con carne de cerdo salteada hecha con cortes económicos, y otro con una sencilla tortilla enrollada...
Por alguna razón, a medida que la sesión de bebida avanzaba, el ambiente se volvía cada vez más rancio, como un ensayo de la literatura coreana moderna. Aquella época en la que todos pasaban dificultades, pero el afecto entre vecinos seguía vivo y el romanticismo lo inundaba todo...
En la pequeña y rechoncha televisión antigua instalada en el restaurante, se oían noticias sobre el éxito de la candidatura para los Juegos Olímpicos del 88. Bebía vaso tras vaso del soju de tapón rojo que le servían los veteranos, usando como guarnición las historias de sus vidas llenas de penurias.
Cuando el ambiente estaba en su punto álgido, los veteranos, con las caras encendidas por el alcohol, le metían algunos billetes arrugados en la mano. Ante las palabras de que comprara al menos leche en polvo para el bebé, Do-jin no tenía más remedio que aceptar inclinándose noventa grados.
Los amables veteranos también le dieron a Do-jin varios consejos. Le contaron que últimamente había un bum en la construcción en Oriente Medio y que, si le interesaba, podrían presentarle a algunos contactos. Que fuera a los Emiratos Árabes Unidos, a Kuwait, no, mejor a Arabia Saudí...
Aunque se trataba de historias de una generación que ni siquiera los padres de Do-jin habrían vivido, él lo meditaba con total seriedad. Le preocupaba dejar solo a Hyun-oh, que ya no estaba en condiciones de valerse únicamente por sí mismo, pero pensaba que, si trabajaba duro aunque fuera un solo año, podría hacer feliz a su familia... Finalmente, tras mucho pensarlo, Do-jin se marchó del lugar diciendo que lo consideraría.
Ya era tarde por la noche. Do-jin, que apresuraba el paso encogiendo los hombros por el aire bastante gélido, se detuvo de repente. En la calle desierta, sobre una pared vieja, había pegado un folleto que convocaba a mineros y enfermeras para ir a Alemania Occidental.
—¿...Alemania?
Esto también era algo que solo habría ocurrido en la época de sus abuelos, pero Do-jin volvió a considerarlo seriamente.
«Si salgo y sufro unos años... Pero, después de todo, irme a un lugar extraño dejando a Hyun-oh es un poco...»
El peso de la vida de quien se ha convertido en cabeza de familia de la noche a la mañana era abrumador. Por supuesto, estaba el deseo de seguir viviendo dulcemente con Hyun-oh y, al mismo tiempo, la oportunidad de darle una vida de lujos a su familia. En medio de eso, el corazón de un hombre se consumía por la angustia.
—Fuuu...
Aun así...no era algo que tuviera que decidir ahora mismo. Estaba bien dejar los pensamientos complejos para el día siguiente. En el bolsillo interior de la chaqueta de Do-jin descansaba abultada la prueba del arduo trabajo de un día de sudor. Fue justo cuando Do-jin daba palmaditas al sobre.
—¿...A qué huele esto?
De alguna parte llegaba un aroma tostado a aceite. Al girar la cabeza hacia el apetitoso olor, vio a lo lejos un camión de pollos asados.
¿Le compro uno a Hyun-oh? Al fin y al cabo, él no tenía nada más que su amor por Choi Hyun-oh. Al sentir un nudo en la garganta pensando en que no había hecho mucho por Hyun-oh, quien se había casado con alguien que solo le daba penas e incluso esperaba un hijo suyo, Do-jin decidió comprar un pollo.
—¡Gracias! ¡Que venda mucho!
Para llevárselo caliente, Do-jin guardó la bolsa de papel impregnada de grasa dentro de su amplia chaqueta y apresuró el paso. Al imaginar la cara de felicidad de Hyun-oh al ver el pollo, sus pasos se volvieron ligeros por sí solos.
Do-jin casi corrió por los callejones empinados y tortuosos del barrio marginal. El destino era la casa en lo más alto del barrio. Era la vieja habitación individual donde vivían Do-jin y Hyun-oh.
—Haa... Haa...
Quizás porque al final hizo casi un esprint, le faltaba el aliento. Do-jin, que recuperaba el aire resoplando frente a la destartalada puerta principal, levantó la cabeza.
Aunque su cuerpo estaba agotado por el duro trabajo de todo el día, al pensar en el pollo en su regazo, el abultado sobre del jornal y la sonrisa de Hyun-oh que lo recibiría, el cansancio de la jornada se disolvió por completo.
—¡Ya lleg...!
Do-jin, que iba a saludar como siempre diciendo "¡Ya llegué!" mientras giraba el pomo de la puerta, recordó de pronto un saludo mucho mejor.
Era un saludo que, de solo imaginar que saldría de su boca, le hacía arder la cara de vergüenza. Pero una vez que se le ocurrió, sintió que debía decirlo así sin falta.
—Je, je...
Las comisuras de los labios de Do-jin se agitaron tímidamente. Tras carraspear un par de veces, abrió la puerta de par en par y gritó con voz potente:
—¡Llegó papá!
Quizás por lo extraño del apelativo, su voz terminó con una risa vergonzosa. Lo normal sería que ahora Hyun-oh le soltara un reproche por lo absurdo de la situación...
—¿Papá?
—¡Papá!
—¡Aah! ¡Es papá!
—¡Papáaa!
¿...Por qué en lugar de un reproche se oían voces de niños? Y además... ¿de varios?
Acto seguido, lo que apareció ante la mirada atónita de Do-jin fue...
—¡Papá!
—¡Papá!
—¡Papá!
—¡Papá!
Hyun-il, Hyun-i, Hyun-sam, Hyun-sa, Gae-jin, Geol-jin, Yut-jin, Mo-jin, y...
—Cariño, ¿has llegado?
...Era la bebé Hyun-ji en brazos de Hyun-oh…
***
—¿Qué dices? ¿Cómo va a estar un hombre embarazado?
La reacción de Hyun-oh al escuchar la historia de Do-jin sobre cómo en su sueño se había convertido en el padre de ocho hijos y una hija fue más que fría. Do-jin, que al menos en sueños había sido el padre de nueve niños, protestó con voz quejumbrosa.
—¿De verdad te parece que eso es lo más importante ahora?
—Ay, no sé. Anda a tirar la basura para reciclar y vuelve.
¡Cómo...! Do-jin se quedó boquiabierto ante la actitud indiferente de Hyun-oh, que lo miraba como si acabara de escuchar una sarta de tonterías sin sentido y se sintió profundamente agraviado.
Con lo feliz que yo era. ¡Me casé, tuve un bebé y era tan feliz sintiendo el peso de ser el cabeza de familia! Do-jin, que aún sentía vívida la alegría experimentada en su sueño, empezó a patalear.
—¡Ten empatía! ¡Dije que tengas empatía!
—¡Mierda! ¿No vas a ir a reciclar?
Tras recibir una patada en el trasero por parte de Hyun-oh, Do-jin se fue llorando a reciclar tal como se le había ordenado.
Raw: Laura Obando.
Traducción: Ruth Meira.
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