Desire Me If You Can parte 7: 9
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El mundo parece ser mío, nubes en el cielo, pájaros gorjeando en los árboles y tú, mi amor, tan adorable a mi lado…
La canción de amor de un cantante de moda que resonaba en el coche creaba un contraste abismal para dos hombres viajando juntos. Si Dane hubiera estado solo, jamás habría escuchado algo así; la única razón por la que no la apagaba era porque rechazar eso significaba el riesgo de que volviera el maldito "Heart-Heart", y eso sería mil veces peor. Al menos este cantante tenía buena voz, así que era tolerable.
Grayson, en el asiento del conductor, silbaba y tamborileaba sobre el volante de vez en cuando. Parecía tan feliz que no podía ocultarlo. Dane, sentado en el asiento del copiloto, lo miró de reojo y pensó: “Bueno, qué más da”. Reclinó el respaldo, estiró el cuerpo y cerró los ojos para descansar. Todavía faltaba mucho para llegar al destino.
Hace dos días se enteró de que el transportín de Darling se había roto. Aunque no pensaba usarlo pronto, quería tener uno listo por si acaso, así que Dane decidió ir de compras en su día libre. Sin embargo, al salir de la mansión por la mañana, se encontró con Grayson esperándolo en la entrada.
¿Cómo es que coincidieron sus días libres?
En la estación de bomberos se trabaja por turnos, así que era más común no coincidir que hacerlo. Pero pronto Dane lo recordó:
Seguro que robó un vistazo a su horario.
A estas alturas, nada de esto le sorprendía. Intentó ignorar a Grayson y subir a su propio coche, pero Grayson le bloqueó el paso justo cuando iba a entrar al asiento del conductor y declaró:
’—Si me dejas ir contigo, te compraré lo que quieras.’
Si Grayson no se le hubiera confesado, Dane no habría dejado pasar la oportunidad de exprimirle hasta la médula. Sin embargo, su regla de oro era no aceptar ni una moneda de alguien a quien le gustaba. No quería que después le echaran nada en cara.
Normalmente habría soltado un insulto, pero esta vez Dane solo frunció el ceño, le agarró la nariz a Grayson y la sacudió ligeramente sin lastimarlo.
’—¿Te he dicho o no que no gastes dinero de esa forma? ¿Eh?’
Dane le dijo que se quitara intentando apartarlo para sentarse, pero Grayson lo sujetó de nuevo.
‘—¡Yo también tengo derechos!’
¿Qué clase de tontería es esta ahora? Ante la mirada de incredulidad de Dane, Grayson soltó un sofisma:
’—Darling es tu gato y tú eres mío, así que los asuntos de Darling son mis asuntos. En resumen, no estoy gastando dinero en ti, sino en Darling.’
Dane lo miró con ojos inexpresivos. Grayson parecía saber que estaba diciendo una idiotez, pues su expresión era algo forzada. Cuando Dane intentó subir al coche ignorándolo, Grayson volvió a interponerse rápidamente.
’—Tres horas.’
Dane se detuvo y Grayson añadió de inmediato:
‘—Dijiste que estarías conmigo tres horas al día, ¿no? Entonces, ¿no puedes venir conmigo ahora? Eso también aplica a los días libres.’
A diferencia de antes, el rostro de Grayson mostraba confianza. Estaba seguro de que, esta vez, Dane no podría rechazarlo.
Tras observarlo fijamente, Dane cerró la puerta de su coche sin decir palabra. Grayson, como si lo hubiera estado esperando, corrió hacia su propio vehículo estacionado justo detrás y abrió la puerta del copiloto. Dane caminó en silencio y se sentó; Grayson rodeó el capó, se puso al volante y ahora se dirigían al centro comercial.
...O eso era lo que Dane pensaba.
Después de dormir un rato, abrió los ojos y se dio cuenta de que circulaban por un lugar inesperado. Excepto por algún accidente o simulacro de incendio, Dane jamás habría imaginado venir aquí: era la zona de lujo, una calle llena de tiendas que vendían artículos carísimos que ni siquiera tenían etiquetas de precio a la vista.
—Esto...qué...por qué...
Dane estaba tan desconcertado que tartamudeó. Miró frenéticamente por la ventana y luego se giró hacia el asiento del conductor, pero Grayson no le hizo caso y siguió silbando.
—Oye, ¿qué demonios...?
—Ya llegamos.
Antes de que Dane terminara la frase, Grayson redujo la velocidad. En cuanto el coche se detuvo por completo junto a la acera, un grupo de hombres trajeados se acercó rápidamente para abrir las puertas del copiloto y del conductor.
—Bienvenido, Sr. Miller.
—Buenos días.
—Hoy luce usted impecable.
Se sucedieron saludos y halagos por doquier. Para Dane, que lo más parecido que conocía era intercambiar bromas o gestos con los empleados de un supermercado, la escena era sumamente incómoda y desconcertante. Sin embargo, Grayson parecía estar muy acostumbrado; ni siquiera respondió a los saludos ni los miró, sino que caminó directo hacia la tienda.
Al igual que los que los recibieron, un empleado que sostenía el pomo de la puerta la abrió justo a tiempo y se hizo a un lado. Dane entró en una tienda de lujo de esas que siempre había visto solo desde fuera.
—Hola, Sr. Miller. Bienvenido.
El gerente salió con una sonrisa radiante y lanzó una mirada fugaz a Dane. Dane no pasó por alto cómo el hombre escaneaba su apariencia de arriba abajo: pelo rojo descuidado, una chaqueta de cuero barata, una camiseta con el cuello estirado, vaqueros viejos rotos por aquí y por allá, y unas zapatillas cubiertas de polvo. Tras terminar el análisis en un segundo, el gerente volvió su atención a Grayson.
—Hacía tiempo que no nos visitaba. He preparado lo que me pidió. Pasen al fondo, por favor. ¿Qué les gustaría de beber?
De forma absurda, Grayson pidió una bebida de frutas extremadamente dulce y luego le preguntó a Dane:
—¿Tú qué quieres?
La respuesta de Dane fue simple:
—Café.
Ante su tono desganado, el gerente sonrió y preguntó:
—Entendido. ¿Cómo le gustaría su café? Tenemos espresso, latte, cappuccino...
—Americano. En una taza grande, bien llena.
—Ah...de acuerdo.
El gerente pareció desconcertado por un instante, pero recuperó la sonrisa. Fueron guiados a una sala de estar privada en el interior. Dane se sentó en un sofá amplio y cómodo, cruzó una pierna sobre la rodilla de la otra y se recostó.
El techo del salón, cubierto de espejos, sostenía una lujosa lámpara de araña que reflejaba una luz tan intensa que llegaba a deslumbrar. Al bajar la vista, vio los artículos que ocupaban una de las paredes; incluso Dane se dio cuenta de que eran productos preparados especialmente para ellos.
—Gracias por esperar.
Un empleado se acercó con una sonrisa y dejó las bebidas y unos postres que se veían carísimos frente a Grayson y Dane. ¿Cuánto costará cada uno de esos bocaditos? Eso pensó Dane mientras se llevaba uno a la boca. Con uno solo de estos, podría comprar el pienso de Darling para un mes...
En ese momento, un dulce sabor a fruta inundó su paladar. Dane se detuvo un segundo y, mientras masticaba lentamente, cambió de opinión.
Bueno, no es su dinero.
Mientras probaba los postres uno a uno con el café, el gerente regresó y se paró frente a ellos.
—Sr. Miller, ¿esta vez ha adoptado un gato? ¿Cómo está Alex últimamente?
El rostro del gerente, que preguntaba sobre su vida diaria con tono suave, mostraba que estaba muy acostumbrado a este tipo de charlas. Seguramente era parte de su formación: mencionar la vida privada del cliente sin llegar a incomodarlo. Justo cuando Dane pensaba eso, Grayson respondió:
—Alex está bien. El que tiene gato es él. Yo solo he venido a mirar.
—¿Sí? Entiendo.
El hombre exclamó con admiración y giró hacia Dane. Con una expresión completamente distinta a la de antes, el gerente habló:
—Entonces, ¿la persona que ha venido a comprar hoy es usted?
—Así es.
Respondió Grayson con naturalidad.
Dane, que justo se llevaba la taza a la boca, se quedó petrificado. Primero se movieron sus pupilas y luego giró la cabeza. Ignorando por completo la mirada de Dane, Grayson le dijo al gerente con total descaro:
—Muéstrele lo que sea. Él lo va a comprar todo.
¿Este loco qué dice?
El rostro del gerente se iluminó de alegría, mientras que Dane se puso pálido y clavó la mirada en Grayson.
—Entiendo. Entonces, ¿me permitiría recomendarle algo primero? Precisamente acabamos de lanzar una nueva colección para gatos...
—Espera, un segundo.
Dane interrumpió rápidamente al hombre de voz suave. No podía dejarse arrastrar así. En medio de aquella situación crítica, recuperó la lucidez como si le hubieran echado un balde de agua fría. Tratando de mantener la cordura, dijo:
—Tengo algo de qué hablar con Miller, así que denos un momento a solas, por favor.
—Ah...sí, por supuesto.
El gerente lanzó una mirada rápida a Grayson y se retiró obedientemente. Se quedaron solos en la sala. Dane, con los brazos cruzados, empezó a mover una pierna con nerviosismo mientras clavaba la vista en Grayson.
—Tú... ¿Qué demonios estás haciendo?
Ante la pregunta lanzada como un gruñido, Grayson ladeó la cabeza como si no entendiera a qué se refería.
Mira a este desgraciado, ¿se cree que por parpadear así de bonito va a dejarlo pasar?
Dane sintió que la vena de su sien palpitaba de indignación, pero trató de hablar con la mayor calma posible:
—Para empezar, ¿por qué me has traído aquí?
Había sido todo tan repentino que ni siquiera se paró a pensarlo. Debería haber preguntado antes de entrar en la tienda. Se arrepintió tarde, pero aún no era el final. Ante el interrogatorio de un Dane con el rostro contraído, Grayson respondió extrañado:
—Me dijiste que querías comprar cosas para el gato, así que te traje.
—Por eso pregunto: ¿por qué AQUÍ?
Grayson parpadeó un par de veces y curvó las comisuras de los labios. Repitió ese gesto mecánico por hábito, pero ante la mirada gélida de Dane, retiró la sonrisa lentamente. Como si realmente no supiera qué expresión poner, movió las pupilas de un lado a otro, abrió y cerró la boca y pareció entrar en un estado de confusión absoluta antes de decir:
—Si no te gusta este lugar, ¿prefieres que vayamos a otra tienda?
—¿Y dónde queda esa otra?
—Justo al lado...
—Basta.
Dane lo cortó en seco. Seguía con el ceño fruncido, pero ya había captado la situación. Básicamente, el nivel de las tiendas que Grayson Miller conocía se limitaba a este tipo de lugares. Seguramente, para él, cualquier objeto insignificante se pedía en este tipo de establecimientos y aparecía ante sus ojos de inmediato.
—Oye, dijiste que tenías un perro, ¿verdad?
—Sí.
—A tu perro también habrá que cortarle las uñas. ¿Dónde compraste el cortauñas?
—Aquí.
Lo sabía. Dane confirmó sus sospechas. Por eso en lugares como este fabricaban incluso cosas triviales como borradores o lápices; porque tenían clientes como él.
—Miller.
—Dime.
Una vez más, Grayson respondió de inmediato y con docilidad. Dane se armó de paciencia para enseñarle la realidad:
—La mayoría de la gente no entra con tanta facilidad en tiendas como esta para comprar un cortauñas para perros. Deberías haberme preguntado si me parecía bien comprarlo aquí antes de hacerme entrar.
Ante la lección de Dane, esta vez fue Grayson quien frunció el ceño. Parecía que quería decir algo, y Dane entrecerró los ojos dándole permiso para hablar.
—Pero…
Continuó Grayson con un tono de voz poco convencido.
—Me dijiste que yo no podía gastar dinero. Así que tienes que comprarlo tú, ¿qué otra opción hay?
La pierna de Dane, que subía y bajaba frenéticamente, se detuvo en seco. Miró a Grayson con el rostro desencajado, como diciendo: ¿Pero qué demonios está diciendo este tipo?
—Haa...
Dane soltó un suspiro y se pasó la mano por la cara, como ya había hecho tantas veces. Era desesperante, pero no tenía remedio. Se trataba simplemente de una diferencia de mentalidad por haber crecido en entornos distintos. En momentos así, lo mejor era ser directo:
—En cualquier caso, no tengo la capacidad económica para comprar ni un solo collar aquí, ¿entendido?
—Entonces yo...
—Iremos a otra tienda, a una que yo conozca.
Dane lo interrumpió con firmeza antes de que Grayson volviera a cruzar la línea. Salir de la tienda era sencillo, pero al ver el café terminado y los postres que se había comido, sintió una punzada de incomodidad. Se arrepintió de haberlos aceptado, pero ya era tarde. Si ya se había causado el gasto, alguien debía hacerse responsable.
Y ese alguien era Grayson Miller.
—Oye.
Grayson fijó su mirada en él al instante. Dane sintió la extraña sensación de estar mirando a un Golden Retriever muy obediente y continuó:
—¿Tú no necesitas nada? Compra algo, me sabe mal irnos así sin más.
—Podemos irnos si quieres.
Dane frunció el entrecejo y amenazó en voz baja:
—Compra algo. Lo más barato que tengan, me da igual qué sea.
Grayson pareció sumirse en una profunda reflexión con el rostro serio y, al poco tiempo, se levantó del sofá. Cuando regresó del exterior, traía una pequeña bolsa de compras en la mano.
—Ya está.
Al verlo sonreír radiante, Dane se puso en pie. No tenía idea de qué había comprado, pero pensó que no importaba. Al menos, al haber comprado algo, ya habían pagado por el refrigerio.
Solo entonces Dane se liberó de la carga mental y echó a andar primero. Salieron acompañados por la despedida del gerente.
—Dame las llaves.
Dane extendió la mano con naturalidad. Grayson le entregó las llaves del coche y él se sentó al volante sin dudarlo. Esta vez fue Grayson quien ocupó el asiento del copiloto mientras el coche se alejaba.
El lugar al que Dane se dirigió era un centro comercial destartalado, muy alejado de la zona de lujo. Tras estacionar el vehículo de Grayson junto a una camioneta vieja que parecía un remiendo de piezas, Dane salió del asiento del conductor. Cuando Grayson también bajó, Dane cerró el coche y, sin mirar, lanzó las llaves hacia atrás con el pulgar. Grayson las atrapó en el aire con una mano y lo siguió caminando con paso despreocupado.
—Bienvenido, Dane. ¡Cuánto tiempo!
Una mujer mayor que estaba limpiando la tienda lo recibió con alegría. Tras un breve abrazo y un saludo, Dane explicó el motivo de su visita. Mientras él examinaba los transportines, Grayson recorría el local lentamente.
Las paredes estaban repletas de artículos para mascotas, desde juguetes hasta pienso. La variedad era inmensa: desde productos para perros y gatos hasta suministros para reptiles y anfibios.
Curioso, Grayson se asomó a un terrario vacío y luego giró la cabeza hacia una pecera. Parecía que acababan de alimentarlos, pues los peces se amontonaban en la superficie abriendo y cerrando la boca. Se inclinó para observar fijamente los ojos vacíos de los peces. Se quedó allí, inmóvil, observándolos hasta que Dane lo llamó.
—Miller.
Al oír su nombre, se enderezó lentamente y se dio la vuelta. Dane lo estaba observando. Inclinó la cabeza hacia un lado y dijo:
—Ya terminé, vámonos.
Dane se despidió de la dueña y salió de la tienda primero. Cuando Grayson salió tras él, Dane se detuvo y lo miró. Grayson parpadeó y preguntó al notar que Dane quería decirle algo:
—¿Qué pasa?
Dane ya sabía que esa sonrisa era un hábito arraigado en él. Sin embargo, no dijo nada y se limitó a observarlo en silencio.
¿En qué pensaba mientras miraba la pecera?
La mayoría de la gente diría que quería tener peces o que simplemente miraba por pasar el tiempo, pero Grayson Miller no era como la mayoría. Dane tenía curiosidad, pero en lugar de preguntar, le extendió el objeto que llevaba en la mano.
—Toma.
Grayson, desconcertado, extendió la suya. Dane dejó el objeto sobre su palma y retiró la mano. Grayson observó fijamente lo que Dane le había dado.
Era una lata de snacks para perros. Grayson parpadeó sin entender qué significaba aquello, y Dane explicó:
—Es un regalo. Me dijeron que tiene muchos nutrientes que necesitan los perros mayores.
—¿...Un regalo?
Grayson repitió las palabras de Dane. Sintiéndose avergonzado sin motivo, Dane se rascó la nuca.
—Sí, bueno...después de todo me estás haciendo un favor...
Justo cuando pensaba que debería haberlo puesto en una bolsa, Dane miró a Grayson y se quedó paralizado. Grayson lo miraba con los ojos muy abiertos. Pronto supo la razón.
—Es la primera vez que me das un regalo…
Dijo Grayson con una voz que Dane nunca había oído.
Era una voz levemente temblorosa que sonaba conmovida. No, probablemente esa era la emoción que sentía en ese momento. Sus ojos brillantes, sus mejillas ligeramente sonrojadas y el vibrato en su voz eran la prueba de ello.
—Gracias. Lo guardaré como un tesoro.
Era una tontería. Dane frunció el ceño y señaló con brusquedad:
—Idiota, dáselo al perro. ¿Para qué quieres guardarlo tú?
Cualquiera se habría sentido cohibido, pero la expresión de Grayson no cambió. Al ver ese rostro, Dane sintió una pizca de pena y suavizó el tono:
—No es nada caro, así que no hace falta que me des tanto las gracias.
A pesar de sus palabras, la expresión de Grayson no varió. Sostenía la pequeña lata, que parecía minúscula en sus grandes manos, con un cuidado extremo. Grayson miraba a Dane como perdido, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo.
Fue entonces cuando la oreja de Grayson dio un pequeño respingo.
Dane abrió mucho los ojos ante la reacción inesperada. Al darse cuenta de que Dane estaba mirando su oreja, Grayson se la tapó, avergonzado.
—No, esto...es solo un hábito.
—¿Mover las orejas?
Grayson asintió, turbado.
—No sé por qué, pero a veces se mueven solas.
Dane lo observó fijamente. La oreja de Grayson volvió a moverse, esta vez de forma evidente. Al ver ese movimiento, Dane creyó comprenderlo. Por qué se movían las orejas de Grayson.
Puede que Grayson no supiera identificar las emociones, pero las orejas de aquel hombre sí sabían qué era lo que se estaba extendiendo por su pecho en ese momento.
Al darse cuenta de ello, el corazón de Dane empezó a latir de forma lenta y pesada. El rubor en las pálidas mejillas de Grayson parecía una flor que acababa de brotar. Dane levantó la mano suavemente y acarició esa "flor" con la palma.
Aunque sabía que Grayson lo miraba con ojos de sorpresa, Dane no se detuvo. Pasó su mano por la nuca de Grayson y lo atrajo hacia sí con delicadeza. Grayson vaciló un instante, pero no opuso resistencia. Lentamente, de forma natural, la distancia entre ambos se acortó.
Sus párpados bajaron hasta cerrarse por completo. Sus alientos cálidos se encontraron. Sus labios estaban a punto de rozarse. Ambos sabían perfectamente qué iba a ocurrir a continuación, y ninguno de los dos se apartó. Al contrario, justo cuando dejaron escapar un suspiro entrecortado, como si anhelaran ese instante con desesperación...
—¿Dane?
Al oír que alguien lo llamaba de repente, ambos se quedaron petrificados. Dane se giró de inmediato, y el calor que acariciaba la mejilla de Grayson desapareció. Grayson, con el rostro contraído por la frustración, miró en la misma dirección que Dane y se quedó helado. Allí estaba alguien a quien no esperaba ver.
—Yeon-woo.
Ante el murmullo de Dane, que parecía hablar para sí mismo, Grayson clavó la mirada en él. Sin comprender en absoluto lo que estaba pasando, vio cómo Dane caminaba hacia Yeon-woo. Lo hizo sin vacilar y sin darle a Grayson ni una sola explicación.
A pesar de que, hace apenas un segundo, estaban a punto de besarse.
Grayson se quedó allí de pie, inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.
Raw: María Gutiérrez.
Traducción: Ruth Meira.
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