Infierno v4 3
El Pacto Silencioso.
Sa-yeong, que se había quedado solo sin entender el motivo, seguía sintiéndose inquieto a pesar de que su cuerpo ya se había recuperado.
El dolor que lo atormentaba había desaparecido como por arte de magia, pero ahora que su Madre Real no aparecía, llegaba a pensar que preferiría estar enfermo de nuevo.
Como era de esperar, Sa-yeong no pudo evitar darle vueltas a la última conversación que mantuvo con él. La voz de su Padre Real llamando hyung a su madre. Y la reacción de él al escucharlo.
‘—Es algo absurdo, pero… mi Padre Real, llamó a mi madre hyung. Realmente debí estar muy enfermo.’
Tras ponerse pálido, él había salido corriendo de la habitación dejándolo atrás y no había regresado. A pesar de que le dijeron que su madre no se había apartado de su lado mientras estuvo inconsciente, Sa-yeong no pudo verlo ni una sola vez mientras terminaba de recuperarse con la ayuda de los médicos.
Sa-yeong estaba sumamente confundido y, a ratos, le dolía la cabeza. No lograba recordar con precisión los detalles de aquel momento. Simplemente le pareció haber escuchado ese sonido, pero como era algo tan carente de sentido, no lograba olvidarlo.
¿Hyung? ¿Su padre a su madre?
Otras cosas estaban envueltas en una especie de niebla y no podía recordarlas, pero esa voz que repetía hyung era nítida. No podía ser cierto...
Aunque su madre era mayor que su padre, que el Emperador la llamara así era inconcebible. Su madre nunca le había hablado sobre la naturaleza de su relación con el Emperador, pero lo que él sabía de ambos era... Sa-yeong recordó las palabras que su nodriza le había dicho alguna vez:
‘—Como su alteza el Príncipe Heredero ya sabe, la Emperatriz pertenece al clan Joo, la familia materna de Su Majestad. Esta servidora no conoce los detalles, pero escuché que la Emperatriz entró al palacio cuando apareció en él la Marca de las Alas mientras aún vivía fuera de los muros imperiales.’
Había oído que después de que su abuelo, el anterior Emperador, falleciera debido a un incidente que ni siquiera se podía mencionar, el reino de Wol cayó en un gran caos. Se le erizaba la piel al recordar las historias sobre cómo los traidores entraron al palacio, incendiaron el Palacio Seogon e intentaron dañar a su madre, quien en ese entonces era una consorte.
Por eso, Sa-yeong supuso que su Padre Real no hizo pública de inmediato la Marca de las Alas de su madre y lo mantuvo oculta como un concubino por esa razón.
Incluso ahora, ese pensamiento no había cambiado mucho. Sobre todo porque su nodriza sabría mucho más que él, que ni siquiera había nacido en aquel entonces.
¿Hyung...?
Sa-yeong sacudió la cabeza. Era algo imposible. Además, él era un paciente que había estado al borde de la muerte. No era extraño que hubiera escuchado alucinaciones.
Sin embargo, no podía evitar que aquello se le quedara clavado en el corazón como una espina. Si existiera una caja llena de secretos que jamás debían ser descubiertos, sentía como si hubiera abierto apenas una rendija y echado un vistazo al interior.
¿Acaso por eso su madre se había puesto tan pálido?
Sin embargo, todos esos pensamientos se borraron y se tiñeron de blanco a medida que pasaban los días sin poder verla.
Ahora, cada vez que recordaba aquel asunto, Sa-yeong se golpeaba sus propias mejillas. Estaba furioso consigo mismo por tener tales pensamientos en lugar de preocuparse únicamente por el bienestar de su madre.
Desde que salió corriendo de su habitación con el rostro desencajado, no había vuelto a recibirlo. Lo mismo ocurrió cuando intentó ir a presentarle sus respetos. Antes de poder entrar, fue rechazado prácticamente en la puerta. Jae-rim intentaba usar palabras amables para suavizar la situación, pero ¿cómo no iba a saber él lo que realmente estaba pasando?
Su corazón se llenaba de ansiedad, hasta el punto de sentir ganas de romper a llorar a gritos. Vagando sin rumbo por el palacio, incapaz de regresar a sus aposentos, Sa-yeong dejó escapar un largo suspiro.
Ojalá no hubiera mencionado aquel sueño sin sentido. Su madre se veía tan mal... y como había percibido vagamente que él no dejó de preocuparse y sufrir por él mientras estaba enfermo, simplemente... simplemente quiso decirle una broma trivial para hacerla sonreír.
A pesar de ser algo que ya había pasado, Sa-yeong sentía un arrepentimiento y una culpa atroces. A estas alturas, era algo irreversible.
—Alteza. Es hora de regresar.
—...Pero, siento una opresión en el pecho...
—Su salud aún no es plena, por favor, no se exponga al viento frío por mucho tiempo.
La mujer que era su nodriza y dama de compañía le suplicó con voz ansiosa. Sa-yeong asintió lentamente y, sin más remedio, se dirigió a sus aposentos. Si no desea ver mi rostro, ¿sería mejor dejarle una carta?
Sus preocupaciones parecían extenderse sin fin.
Como era de esperar, no pudo probar ni una cucharada de su cena. Intentó abrir un libro para estudiar, pero las letras parecían flotar sin sentido sobre el papel blanco. Cuanto más intentaba concentrarse, más se dispersaba su mente.
Al recordar el último rostro que vio de su madre, su corazón le dolía y se llenaba de agonía. Si tan solo pudiera aliviar esa pesadumbre que parecía haber cerrado el corazón de él, sentía que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa.
***
—Emperatriz.
El dormitorio estaba en silencio. Jae-rim, tras dudarlo mucho, finalmente se atrevió a alzar la voz.
—...Majestad. He traído gachas de arroz. Por favor, dignaos a probar aunque sea una cucharada.
Sentada frente a la puerta, Jae-rim sostenía la bandeja con las gachas mientras observaba cautelosamente la reacción de Seung-wan. Él estaba recostado en la cama, sin hacer el menor movimiento, simplemente allí, tumbado. Habían pasado ya varios días así.
Seung-wan se había encerrado sin salir ni una sola vez, sin siquiera beber agua adecuadamente. El Emperador, al enterarse de la situación, había acudido a verlo, pero en aquel momento solo se escucharon sonidos de objetos estrellándose y gritos desde el interior. Todo provenía de la Emperatriz. Ante esto, el Emperador, que no pudo aguantar ni una hora allí dentro, salió y no volvió a presentarse.
Jae-rim no conocía todos los pormenores de lo ocurrido entre ambos, pero sabía que la balanza de su relación siempre se inclinaba ligeramente hacia el Emperador. Probablemente se debía a sus posiciones como soberanos y a la existencia de Sa-yeong.
Sin embargo, ahora la Emperatriz se comportaba con una furia ciega sin importarle nada de aquello, y el Emperador guardaba silencio. Tal como ocurrió cuando el Príncipe Heredero se desplomó. Jae-rim se dio cuenta de nuevo: cuando las emociones de la Emperatriz se desbordaban, la balanza se inclinaba por completo hacia él.
—¡¿...Ma-majestad?!
Sumida en sus pensamientos, Jae-rim casi se cae de espaldas del susto. Seung-wan, que debería estar dentro de la habitación, se acercó a ella con pasos firmes. Como la luz quedaba a sus espaldas, ni siquiera podía ver qué expresión tenía.
Justo cuando la aterrorizada Jae-rim iba a decir algo, Seung-wan preguntó con voz gélida:
—Tú siempre llevas un cuchillo contigo, ¿verdad?
Seung-wan extendió la mano hacia ella. Los ojos de Jae-rim se agrandaron ante la inesperada pregunta. Creía haberlo ocultado bien, pero no sabía que él se había dado cuenta.
Por supuesto, no lo hacía con malas intenciones. Aunque ahora vivía en el palacio, los años de dificultades en el pasado habían sido tan largos que, por ansiedad, no podía conciliar el sueño si no tenía algún objeto para protegerse. Por eso lo llevaba, pero...
—Dámelo.
—S-sí, Majestad.
Rebuscando en su manga, Jae-rim sacó una pequeña daga y la puso sobre la mano de Seung-wan. Él observó la hoja bien afilada en silencio, la rozó con la yema del dedo como para comprobarla y pasó de largo junto a Jae-rim.
Jae-rim, atónita, intentó seguirlo un momento después, pero Seung-wan le gritó que no lo hiciera y se dirigió hacia los aposentos de Sa-yeong.
—¡Majestad!
El viento invernal cortaba el cuerpo como una cuchilla. Jae-rim, mirando con desolación la espalda de Seung-wan alejándose, no pudo articular palabra. Al ver cómo la densa oscuridad envolvía a su señor como si quisiera ocultarlo, tuvo un presentimiento funesto. Del cielo negro comenzó a caer aguanieve. Los copos se dispersaban blancos, incapaces de cubrir nada. Era el invierno en todo su esplendor.
Los fragmentos de nieve que se derretían apenas tocaban el suelo nublaban la vista de Seung-wan. Aun así, nada podía detener su camino. Incluso si no tuviera piernas, llegaría allí aunque fuera arrastrándose.
—...Jamás. No lo permitiré.
Seung-wan murmuraba eso mientras avanzaba vestido únicamente con una larga túnica blanca de dormir.
—No. Imposible. Pase lo que pase... solo eso no.
Su cuerpo temblaba violentamente. Pero no era por el frío. Las sensaciones físicas parecían algo lejano. El cuerpo de Seung-wan temblaba de puro terror. Tenía miedo de que Sa-yeong descubriera toda la verdad.
Nunca antes había sentido el deseo de negarse a sí mismo hasta borrarse. Incluso cuando cometió el gran pecado de matar al anterior Emperador y se convirtió en la esposa de su propio hermano carnal, Gyo I-do. Pero ante Sa-yeong, todo era diferente. Podía soportar que cualquier otra persona lo supiera, pero no quería que Sa-yeong conociera la realidad.
Que solo tú no me conozcas. Que sigas tal cual, sin conocer mi inmundicia.
El deseo de Seung-wan recorría su pecho como un filo. Era un anhelo contradictorio: temía desaparecer, pero deseaba aún más no ser descubierto por Sa-yeong.
Tambaleándose, como quien cruza un puente de cuerda sobre un abismo, llegó a los aposentos de Sa-yeong y abrió las puertas de par en par. Los sirvientes que montaban guardia afuera se sobresaltaron y se agolparon a su alrededor.
—¡Saludamos a la Emperatriz Ma...! ¡Ma-majestad!
—¡Salgan todos! ¡Si veo a alguien merodeando por aquí, le cortaré el cuello yo mismo!
Tras ese feroz estallido, Seung-wan subió los escalones. Sa-yeong, que estaba sentado en su cama sumido en sus preocupaciones sin saber qué ocurría afuera, levantó la vista. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Seung-wan. Por un instante, un destello de alegría cruzó sus pupilas rojas, pero fue fugaz.
—¿Madre Real...?
Sa-yeong estaba sumamente desconcertado al ver a su madre presentarse solo en ropa de dormir. Además, sus pies bajo la túnica estaban cubiertos de tierra. Nunca antes había visto a Seung-wan con tal falta de decoro. Pero lo que más lo aterró fue su expresión. Aunque parecía imperturbable, el rostro de Seung-wan era como un acantilado. No, era la expresión de alguien parado frente al mismo infierno, en un equilibrio precario. Como si, al soltar su mano, fuera a caer al vacío para siempre.
—Ven aquí.
Susurró Seung-wan en voz baja mientras extendía su mano hacia Sa-yeong. El niño se levantó rápidamente y se acercó, pero tuvo que detenerse a unos seis pasos de distancia porque Seung-wan sacudió la cabeza para impedirle avanzar más.
—¿Madre Real?
—...Yeong. Debemos terminar de hablar sobre lo que ocurrió la última vez que nos vimos.
—Madre, eso fue...este hijo estaba muy confundido. Por la fiebre alta...
Sa-yeong balbuceó intentando dar una excusa, pero Seung-wan solo esbozó una silenciosa sonrisa. Al darse cuenta de que su madre lo estaba atravesando con la mirada, Sa-yeong estuvo a punto de romper a llorar.
—Madre Real...este hijo fue imprudente y dijo palabras sin sentido. Por favor...
—Seguro que seguirás teniendo curiosidad en el futuro. Por qué escuchaste eso. Cuál es la razón.
—¡No! ¡Este hijo no tiene ninguna...!
Un destello afilado surcó el aire. Sa-yeong, que intentaba balbucear una excusa ante Seung-wan, se sobresaltó violentamente. Él sostenía una daga en su mano.
—¿P-por qué tenéis eso?
Al ver la hoja de acero gélido, sintió un mareo súbito. Parecía que, en cualquier momento, la punta afilada rebanaría el cuello de Seung-wan; Sa-yeong extendió la mano por instinto, pero Seung-wan retrocedió la misma distancia.
—Aunque digas que no, es evidente que tu mente no dejará de preguntarse el motivo incesantemente. Algún día… sí. Cuando seas Emperador, podrías intentar investigar la razón.
—…
—Yeong, ¿acaso no te conozco? Eres alguien que guarda en su cabeza lo que desea saber hasta que, por fin, encuentra la respuesta. Al final, en un lugar donde yo no pueda verte… sí, terminarás descubriéndolo.
—¡Madre Real! E-este hijo jamás…
—Si lo haces, me quitaré la vida ante tus ojos.
—¡Madre!
Morir. ¡Que su Madre Real, que era su mundo entero, se quitara la vida! Sa-yeong rompió a llorar con solo escuchar esas palabras.
Al ver las gruesas lágrimas caer de esos ojos rojos, el corazón de Seung-wan se debilitó por un instante, pero precisamente por eso no pudo detenerse. Al ver que la punta del cuchillo se acercaba al cuello de Seung-wan, Sa-yeong gritó desesperadamente.
—Jamás vuelvas a sentir curiosidad por lo que viste aquel día. Ni siquiera lo guardes en tu memoria. Si de ahora en adelante, tan solo una vez, preguntas lo mismo… ¡No, si tan solo llegas a albergar una duda!
—¡No, no, madre!
—En ese mismo instante, moriré. Tú me habrás matado.
Temiendo que, si intentaba sujetarle el brazo, Seung-wan realmente se apuñalara el cuello, Sa-yeong se aferró desesperadamente a sus piernas.
—¡Madre! Si es lo que madre desea, haré lo que sea…lo que sea. Así que, por favor, hgh, ugh…no hagáis eso. No os hagáis daño. ¡Este hijo se equivocó…!
—…
—Todo es mi culpa. Obedeceré todas las palabras de mi madre. Si me pedís que olvide, olvidaré, y no volveré a recordarlo jamás. Haré lo que sea que me ordenéis, así que por favor, perdonadme. Por favor. Por favor…madre, por favor…
La mirada de Seung-wan, que antes estaba fija al frente, descendió lentamente. Sus ojos se posaron en su hijo, que empapaba su hermoso rostro con lágrimas. Llorando como si fuera a quedarse sin aliento, Sa-yeong suplicaba perdón a sus pies a pesar de no haber hecho nada malo.
—Yeong.
El niño al que había criado con todo su afecto. Y sin embargo, la estirpe de él mismo e I-do; un hijo que no le pertenecía por completo. El niño al que había resentido pero terminado amando, y al que, al mismo tiempo, no había podido amar plenamente.
Pero desde este instante, sintió que podría volcar solo afecto sobre Sa-yeong. Seung-wan acarició la mejilla de Sa-yeong, quien no podía oír su voz, mientras con la otra mano afianzaba el agarre de la daga.
La ansiedad que antes inundaba su corazón como una marea furiosa desapareció. En su lugar, quedó una astucia que jamás le había mostrado al niño.
Podía estar seguro: Sa-yeong no rompería la promesa con él incluso si su vida corriera peligro. Además, si era para mantenerlo con vida, el niño cumpliría gustoso cualquier deseo suyo.
Fuera cual fuera el deseo que él expresara.
—…Sa-yeong.
—Puedo hacer cualquier cosa. Haré todo lo que madre diga…así que-
—Entonces, ¿me traerás a tu padre?
—¿Eh…?
Sa-yeong, que aún no comprendía ni una pizca de las emociones acumuladas dentro de Seung-wan, preguntó por instinto.
—Tráemelo.
—Madre…
—…De tu padre…su…
Tras susurrar secretamente su anhelo al oído del pequeño niño, un silencio gélido se instaló entre ambos. Seung-wan había hecho una petición que un niño de apenas catorce años no podía soportar. Luego, mirando directamente a las pupilas rojas de Sa-yeong, preguntó con voz suave:
—¿Estás de acuerdo, incluso con un deseo como este?
Esta era una petición que Sa-yeong debía cumplir sin falta. Además, si era su hijo, y si era el Hijo de la Bendición otorgado por el cielo, sería capaz de capturar a Gyo I-do. Seung-wan no había cuidado y amado a Sa-yeong solo para este día, pero Sa-yeong debía cumplir su deseo a toda costa.
—Dime. Pequeño, ¿cumplirás mi deseo?
—Madre Real…
—Si no me lo prometes, no podré creer en tus palabras.
Una sonrisa amarga asomó en sus labios. Seung-wan acarició suavemente la mejilla de Sa-yeong, quien estaba paralizado por el horror e incapaz de articular palabra. Una lágrima derramada por el niño quedó colgando de la punta de su dedo. Al verla, Seung-wan mostró lástima por un breve momento, pero pronto apretó con fuerza el puñal que sostenía en la otra mano. Sa-yeong, temblando violentamente, rompió a llorar de nuevo.
—Madre, hugh…tomad, tomad mi mano. La…la mano de este hijo…
Suplicando una y otra vez que soltara el cuchillo, la mano de Sa-yeong buscó la de Seung-wan, que empuñaba el arma. Tras varios intentos, logró sujetar su mano. Y en ese instante, dejó caer la daga. El puñal golpeó el suelo firme con un sonido sordo y pesado.
—Pequeño.
—…
Ahora que Seung-wan había soltado el arma, era el turno de Sa-yeong. Tras mirar alternadamente el cuchillo caído y la mano de Seung-wan, Sa-yeong levantó la vista. Su rostro, que se había calmado a pesar de lo ocurrido hace un instante, lucía simplemente hermoso. No obstante, Seung-wan le exigía algo con total claridad. Sa-yeong debía entregárselo.
—Si es lo que madre desea. No hay nada que este hijo no sea capaz de hacer…
No hacían falta más palabras.
Solo entonces, Seung-wan entrelazó su mano con la de Sa-yeong. De ese modo, el pacto silencioso establecido entre ambos se convirtió en algo absoluto que jamás podría romperse; una soga que se enredó alrededor del cuello de cada uno.
Raw: Elit.
Traducción: Ruth Meira.
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