Infierno v4 2
El hijo de ambos.
El Niño de la Bendición.
El soberano eterno elegido por el Cielo.
El linaje celestial.
El Príncipe Heredero poseedor de la Marca del Soberano que en el futuro protegería y gobernaría esta nación.
El niño, nacido entre innumerables elogios, albergaba en sus ojos una auspiciosa luna roja. En su pecho tenía una Marca del Soberano tan roja como sus ojos; su nacimiento y su existencia misma no podían calificarse sino como una bendición.
Pese a ello, durante sus cinco años de vida, el niño no conoció el calor de los brazos de sus padres, pasando de mano en mano entre sus nodrizas. Las nodrizas eran amables y sus abrazos cálidos, pero no siempre podía permanecer solo entre ellas. De vez en cuando, el niño debía asistir a diversos eventos, incluidos los sacrificios de la familia imperial, y enfrentarse a los padres que no le daban la bienvenida.
—Saludo a Padre Real.
—Ha debido ser difícil venir con este frío.
Padre Real aceptaba el saludo matutino del niño, pero ni por un instante posaba su mirada en él. Aunque sus conocimientos eran pocos, podía sentirlo por instinto. Mi padre ni siquiera me ve como a una persona. Por eso, considera que no vale la pena tenerme siquiera en su campo de visión. Y Madre Real ni siquiera había aceptado nunca su saludo.
—Saludo a Madre Real.
—…
Pero él era diferente a Padre Real. Aunque ponía una expresión similar, era evidente su incomodidad cada vez que lo veía, y si él estaba cerca, su rostro parecía como si tuviera espinas clavadas en la boca. Habría dolido menos si lo ignorara por completo. Al ver esa expresión, aprendió por sí solo lo que significaba el dolor en el corazón. Dolía como si una aguja flotara en lo profundo de su pecho.
La razón por la que aprendió la resignación antes que la esperanza fue por el inmenso deseo de recibir afecto de su Madre Real.
Su mirada se detenía en la persona que, al menos, lo veía como a un ser humano. Pero como esa persona sufría cada vez que lo miraba, él deseaba esconderse para no ser visto.
No debo hacer que mi Madre Real sufra como sufro yo.
Debo evitar que ponga esa expresión aterradora.
La pequeña cabeza del niño repetía pensamientos simples y evitaba con ahínco a su Madre Real. Si por casualidad terminaba a su lado, a diferencia del pasado, no la miraba y se limitaba a mantener la cabeza baja. El niño se acostumbró gradualmente a este comportamiento.
Sin embargo, no lograba acostumbrarse a los maltratos cuya autoría desconocía.
Ayer, el tacón de su calzado se tambaleó y sufrió una gran caída; hoy, una chispa saltó del brasero que usaba y se quemó la mano.
El niño pensaba que simplemente tenía mala suerte, pero aquello eran planes orquestados por alguien. El niño siempre cargaba con heridas pequeñas y grandes. Habría bastado con usar Agua Bendita, pero por alguna razón, cada vez que las nodrizas solicitaban Agua Bendita al templo, la respuesta siempre era tardía. Además, la cantidad era ridículamente escasa.
—¡Con esto no es suficiente para tratar las heridas de Su Alteza! ¿Por qué no dan más Agua Bendita…? ¡No huya y diga algo! ¡He dicho que Su Alteza sufrió una quemadura, ¿por qué solo trae Agua Bendita en un frasco tan pequeño?!
Una de las nodrizas estalló en furia al no poder detener al sacerdote que huía tras entregar menos de un frasco. Decían que todos los médicos reales habían ido al Palacio Daeseungjeon. En el hospital real, ni siquiera miraban a las nodrizas.
Aunque una nodriza cercana a los sirvientes logró conseguir ungüento de urgencia, el niño gemía por un dolor que no amainaba.
—Alteza. Soporte un poco más. He pedido que traigan más Agua Bendita, así que la traerán pronto.
—Me duele el brazo…también la mejilla…
Las nodrizas acariciaban repetidamente al niño que se acurrucaba emitiendo quejidos. Alteza, Alteza, no pasa nada. Sus susurros cariñosos eran sinceros, pero ninguna podía pronunciar el nombre del niño. El niño, por instinto, añoraba y anhelaba a alguien que pronunciara su nombre. Sentía que si ese alguien lo acariciara de esa manera, el dolor ardiente no sería gran cosa.
Pero tal cosa nunca sucedió, y las heridas de sus manos sanaron lentamente, cubriéndose con piel nueva. Justo antes de que se formaran cicatrices, pudo recibir su ración de Agua Bendita. El niño no pensó nada especial, pero las nodrizas no opinaban lo mismo. Esa noche, el niño despertó y escuchó los lamentos de las nodrizas en la habitación de al lado.
—No entiendo por qué no envían Agua Bendita a este lado. Sé que no debería decir esto…pero no es como si faltara Agua Bendita. Además, dicen que en el templo entregan Agua Bendita a Su Majestad la Emperatriz cada dos días-
—Es realmente demasiado… Sería bueno que prestaran atención también a Su Alteza el Príncipe Heredero, pero ambos parecen ignorar su existencia por completo…
Aunque era el Príncipe Heredero, no era más que un niño de cinco años. Por ello, se le entregaban objetos materiales sin carencias, pero le faltaban las cosas verdaderamente importantes. El Agua Bendita era una de ellas; el afecto de sus padres, la otra. ¿Cómo podrían las nodrizas ignorar lo que un niño de cinco años ya había notado?
Más tarde, cuando el niño regresó con una pierna gravemente herida tras salir del palacio para un sacrificio, las nodrizas comprendieron que lo ocurrido hasta ahora no era casualidad. Había alguien que, sin querer matar al niño, buscaba herirlo constantemente pero aunque lo sospechaban, no se atrevían a decirlo.
¿Cuál sería la razón por la que ellas, siendo sus nodrizas, no eran reprendidas a pesar de que el preciado niño imperial resultaba herido a cada momento?
Intuyendo que uno de los padres del niño era el culpable, lo único que las nodrizas pudieron hacer fue evitar que el niño saliera en la medida de lo posible. El niño expresó su sofoco ante una vida que parecía un encierro, pero las nodrizas fueron firmes. Le dijeron que no podía salir de sus estancias salvo en los momentos obligatorios, y como casualmente se había lastimado la pierna, el niño quedó atrapado sin tener a dónde ir.
Tras días de repetición monótona, el día en que finalmente no pudo soportarlo más, en cuanto llegó el alba, el niño escapó de la habitación a espaldas de las nodrizas. La pierna aún le dolía y, por ello, cojeaba, pero su paso no era lento. Disfrutaba incluso de respirar el aire frío y caminó hacia adelante sin rumbo fijo.
—¿...Eh…?
Y el disfrute no duró mucho. Pensaba dar una vuelta corta y regresar, pero terminó perdiéndose dentro del palacio. Se dio cuenta tarde de que, aunque creía haber memorizado todos los caminos cuando paseaba con la nodriza, no era así. También comprendió que siempre que aparecía un camino desconocido, se limitaba a seguir la espalda de su cuidadora.
El niño miró a su alrededor con urgencia. Era temprano y el Palacio Seogon era demasiado vasto.
—¿Ha-hay alguien ahí?
De pronto, la ansiedad lo invadió y empezó casi a correr arrastrando su pierna, que no se movía como quería. Pensó que si iba a cualquier parte, encontraría a un sirviente. Incluso si la nodriza lo descubría y lo regañaba, ahora solo quería volver pronto. Sin embargo-
—¡…!
No pasó mucho tiempo antes de que el niño se encontrara con su Madre Real. Y además, justo frente a sus narices.
—Ma… Madre Real…
En el momento en que sus ojos se encontraron con las pupilas azules, todo su cuerpo se quedó gélido como si le hubieran arrojado un balde de agua fría. Con la boca muy abierta, el niño castañeteó los dientes mientras miraba a su alrededor. Casualmente había un cantero cerca y, aun sabiendo que ya lo habían visto, el niño se metió entre los arbustos. Se escondió allí, temblando violentamente.
—…
Seung-wan, que presenció toda la escena, apretó con fuerza las manos ocultas en sus mangas y resistió apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Luego, esforzándose por recomponer su expresión, cerró y abrió los ojos. Debía actuar con serenidad. Fingir que no pasaba nada, sin embargo, tal vez por estar tan concentrado en dominar sus sentimientos, su voz fluyó por sí sola.
—¿Por qué estás ahí?
—…
—Sa-yeong.
No debió preguntar. No debió haber pronunciado su nombre.
A diferencia de su corazón confuso, Seung-wan preguntó con voz severa. Aquella fue la primera conversación entre madre e hijo.
La pequeña espalda de Sa-yeong, al escuchar la voz de su Madre Real de cerca por primera vez en su vida, se agitó notablemente. Estaba sorprendido, pero el miedo era mayor, así que gateó hacia lo más profundo. Sin embargo, los arbustos no eran suficientes para cubrirlo por completo, y sus dos pies quedaron asomando hacia afuera.
Era una escena que bien podría haber provocado una risa seca, pero Seung-wan no pudo reír.
—Habla.
—Es que-
Sa-yeong no pudo continuar y se limitó a temblar. Su voz vibraba tanto que era difícil entender sus breves palabras.
—Madre Re… Real, Su Majestad. No, os pido perdó…
No eran palabras que debieran cruzarse entre madre e hijo. Al ver al niño, que apenas podía hablar, esforzándose por imitar el lenguaje de los sirvientes, Seung-wan se mordisqueó los labios. Podría haber pasado de largo en ese mismo instante, pero la imagen del niño gateando por el suelo de tierra para evitarlo se clavaba una y otra vez en sus ojos. Y las heridas que se había esforzado por ignorar durante tanto tiempo empezaron a parpadear en su memoria.
Seung-wan había visto varias veces cómo la gente enviada por I-do urdían artimañas. Eran estratagemas tan burdas que era como si le gritaran a Seung-wan que las mirara, pero él siempre apartaba la vista. Vivió ignorándolas desesperadamente, pensando que si las miraba, terminaría arrastrado por los planes de I-do.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué apareces así y me…?
Al mirar al aterrorizado Sa-yeong, Seung-wan quiso preguntar: ¿Qué eres tú para mí? Desde que fue concebido hasta ahora, solo le había causado dolor. Su existencia lo hacía sentir miserable y le provocaba miedo.
Sin embargo, aún no era tarde.
Bastaba con llamar a las nodrizas ahora mismo para castigarlas y dar la orden de que aquello no volviera a salir de sus estancias. Así debía hacerse. Mantener al niño fuera de su vista. No, él mismo debía esconderse para no ser visto por el niño. Debía ocultarse tras capas de una armadura hecha de miradas frías para evitarlo. Así debía ser, pero-
—Sal de ahí.
—Uuuh, ngh…
En lugar de repetir sus palabras, Seung-wan sacó al niño de entre los arbustos. El pequeño, que apenas medía la mitad de su cuerpo, se esforzaba por ocultar su rostro. El contorno de sus ojos y su nariz se habían vuelto rojos, como si estuviera a punto de estallar en llanto.
Seung-wan estuvo a punto de limpiar unas lágrimas que ni siquiera habían caído, pero al sostener a Sa-yeong de nuevo, se sorprendió internamente. El cuerpo del niño estaba completamente gélido. Hasta el punto de preguntarse si era normal que estuviera así de frío… El pequeño rostro que lo miraba también estaba pálido de terror.
—¿...Tienes frío?
—N-no, no es eso. Y-yo, yo regresaré de inmediato.
—…
—Nunca más. No saldré de mis estancias. Os pido per…perdó-
—Esas palabras… no son las que se usan entre padres e hijos.
—Huu.
Tras decir eso, Seung-wan se arrepintió. No es que el niño no lo supiera. Al ver a Sa-yeong mirándolo como a una bestia acorralada, a Seung-wan le resultó difícil sostenerle la mirada.
Toda clase de emociones se mezclaron en su corazón. Rencor hacia el pequeño niño, vergüenza, ira, miedo, confusión… En medio de ese torbellino de sentimientos, quería huir de inmediato, pero Seung-wan no pudo soltar a Sa-yeong.
Forzó su mirada hacia los ropajes sucios. Sentía que si no fijaba su vista en la ropa, terminaría observando sin cesar las heridas en el rostro, el cuello y el dorso de las manos del niño.
—…Tu ropa se ha ensuciado.
—¿S-sí?
—Entremos. Te pondré ropa nueva.
Tal vez llegaría el día en que se arrepintiera de este momento. Se golpearía el pecho sufriendo, pensando que no debió haberlo hecho, y se lamentaría mirando el tiempo irreversible.
En el momento en que Seung-wan tomó la mano del niño, tuvo que abandonar para siempre su ambición de ascender al trono. Sin embargo, le fue imposible soltar al niño que se acurrucaba en sus brazos. No quiso hacerlo.
***
Después de que madre e hijo se tomaran de las manos por primera vez, su relación se estrechó a gran velocidad. Como si volcara todo el afecto que no pudo darle antes, Seung-wan no se separó de Sa-yeong. I-do, que hasta entonces había involucrado a Sa-yeong en diversos incidentes, ya había logrado su objetivo y no tomó ninguna medida adicional, pero Seung-wan no podía bajar la guardia. Todo lo concerniente a Sa-yeong, el Príncipe Heredero, debía pasar por las manos de Seung-wan.
Qué comía. Qué vestía. Qué aprendía. Incluso con quién se encontraba y a quién mantenía a su lado.
Aunque no parecía involucrarse directamente, bajo la superficie, el toque de Seung-wan estaba presente en todo de manera astuta. Seung-wan se esforzó al máximo por darle a Sa-yeong solo lo más seguro y lo mejor.
Los asuntos académicos eran originalmente competencia de los diversos maestros que enseñaban al Príncipe Heredero, pero con Sa-yeong no era necesario. Seung-wan era el mejor de los maestros y, al mismo tiempo, conocía todo lo que un Príncipe Heredero debía poseer. Los maestros ni siquiera llegaban a ser simples asistentes de Seung-wan.
Sa-yeong, que ya tenía doce años, aceptaba y comprendía las enseñanzas de Seung-wan en cuanto las escuchaba. El afecto y la confianza hacia Seung-wan se fortalecían día tras día.
Por ello, en la familia imperial parecía no haber problema alguno. I-do, que cumplía fielmente con sus deberes como Emperador, era un gobernante sabio. La economía del país era más próspera que nunca. Como si probara que las tres Marcas habían descendido a esta tierra, las zonas graneras daban cosechas abundantes cada año y los largos inviernos terminaban pronto.
Por supuesto, incluso en esta era de paz, las tareas que Seung-wan debía realizar como Emperatriz no eran menores que las de I-do.
Gobernar a las damas de la corte era natural, pero también se ocupaba de los asuntos de Sa-yeong y vigilaba los movimientos de los funcionarios en puestos clave. Lo mismo ocurría con la situación política dentro y fuera del palacio.
Originalmente, Seung-wan no tenía el respaldo de ningún clan, pero ahora, bajo el nombre de Joo Seong-yo, manejaba a la familia materna de I-do a su antojo. Hace nueve años, cuando el nuevo jefe de familia, Joo Seo-gyo, murió repentinamente de forma violenta al regresar de una casa de kisaengs, la gente del clan Joo no tuvo más remedio que depender de Seung-wan, la Emperatriz. Seung-wan les otorgaba solo el poder justo para que se movieran como sus manos y pies. Aquellos que, al ser traicionados por I-do, se alejaron de su antigua gloria, eran muy fáciles de manipular.
A esto se sumaba la tarea de vigilar cada paso de I-do.
Seung-wan solía escuchar informes sobre la situación de I-do varias veces al día. La mayoría de los asuntos no afectaban sus planes, pero era una rutina que consideraba tan importante como los asuntos de Sa-yeong. Si no sabía si I-do estaba tramando alguna otra estratagema, una ansiedad similar a una brasa nacía y se agitaba en su pecho. Ante eso, era mejor investigar y conocer a I-do minuciosamente.
A diferencia del pasado, Seung-wan había colocado sus ojos y oídos en innumerables lugares. Por supuesto, allí residía la extraña verdad de que esto contaba con la aprobación de I-do.
—Su Majestad la Emperatriz entra.
Tras terminar sus deberes del día, Seung-wan visitó a Sa-yeong a una hora algo tardía. La estancia de Sa-yeong seguía estando dentro del Palacio Seogon, por lo que no era difícil visitarlo, pero hoy había sido un día con una carga de trabajo inusualmente alta.
—Yeong, ¿qué estabas haciendo?
—Madre Real
—Quédate sentado. Estabas leyendo un libro.
—Sí…
Cuando abría un libro, Sa-yeong no se enteraba de lo que ocurría a su alrededor. Por eso, Sa-yeong, que no se había percatado de la entrada de Seung-wan, sonrió con timidez. Seung-wan observó con detenimiento si el rostro del niño había sufrido algún daño durante la noche y luego fijó su mirada en el libro que estaba leyendo.
“Taepyeongse*”. Era un libro que narraba el inicio de la nación de Wol, un libro que Seung-wan también había leído hasta el hartazgo en su infancia. Como nunca había puesto ese libro en la biblioteca, ¿acaso Sa-yeong lo habría conseguido por su cuenta? No era un contenido que debiera prohibirse. Simplemente, a él no le gustaba personalmente.
N/T: Era de paz.
[El ancestro fundador, el Soberano Seo-hoo, recibió el poder del Cielo y derribó de un flechazo al Fénix que lo había traicionado. En la punta de esa flecha residía el poder otorgado por el Cielo, y se dice que de ella brotaron llamas que se clavaron en el cuerpo del Fénix.]
[El Cielo castigó al Fénix pecador y otorgó la Marca del Soberano eterno al Soberano Seo-hoo, quien lo había guiado; a su compañero le concedió la Marca de las Alas, convirtiendo a su descendencia en el Niño de la Bendición.]
Esos pasajes que ya casi sabía de memoria se clavaron de nuevo en sus ojos. La Madre Real de Seung-wan, sabiendo que él encontraba ese contenido aburrido, a veces le hacía leer el texto en voz alta como castigo. Soberano Seo-hoo. Fénix. Cielo. De nuevo el Soberano Seo-hoo. Fénix... Cielo…
De repente, sintió ganas de soltar una risa burlona. Durante toda su vida, había maldecido al Cielo incontables veces. Para Seung-wan, estas historias eran simples tonterías.
Debido a esos recuerdos del pasado que surgieron sin querer, Seung-wan no escuchó nada de lo que Sa-yeong decía, hasta que volvió en sí al oír una voz melancólica.
—¿Sa-yeong?
—Madre Real, Padre Real debe de odiarme…
—Yeong, ¿por qué dices eso?
—Pero Padre Real él...
—Algo ha pasado.
—No es nada. Solo-
—Ven aquí, pequeño.
Seung-wan abrazó apresuradamente a Sa-yeong y lo consoló acariciando su pequeña cabeza. Si el niño estaba triste, a él le dolía más el corazón.
—Mi pequeño.
…Gyo I-do era verdaderamente cruel.
Hizo que él no pudiera evitar adorar al niño. A pesar de haber sido frío con el niño a propósito y de haber puesto varias nodrizas para que Seung-wan no pudiera amamantarlo ni una vez. Lo dejó frente a él y simplemente lo abandonó. Hizo que fuera imposible no posar la mirada en él.
Seung-wan veía en el niño su propia imagen de la infancia. Se veía a sí mismo, siempre sediento del afecto de su Padre Real y su Madre Real, reflejado en Sa-yeong.
Aun así, intentó no encariñarse. Seung-wan, al igual que I-do, intentó apartar la vista. Como si no lo viera. Como si no existiera desde el principio. Viviendo en el mismo palacio, no lo abrazó ni una vez hasta que el niño cumplió cinco años.
Y entonces, ese pequeño niño se resignó. Sin preguntar siquiera por qué lo odiaba, se escondió para no ser visto. El niño, cuya mano era más pequeña que uno de sus dedos, encogía su cuerpo para no cruzarse en su camino.
Al continuar esos días, le fue imposible seguir ignorando a Sa-yeong. El corazón le dolía ante la tristeza del niño. Seung-wan, que fingía no saber que I-do provocaba toda clase de accidentes fingidos para herir al pequeño, llegó a su límite. Incapaz de soportarlo, le habló primero a Sa-yeong y pronunció su nombre.
El cuerpo de Sa-yeong, al que abrazó por primera vez aquel día, estaba frío, pero se calentó a medida que lo sostenía. El calor oculto brotó y calentó su propio cuerpo, y el niño llenó el lugar vacío como si desde el principio hubiera sido uno con él.
Debido a lo ocurrido en un instante, Seung-wan llegó a amar más que a nada al Niño de la Bendición, a quien había maldecido y deseado que desapareciera durante todo el tiempo que lo llevó en su vientre. Cada momento compartido era adorable, y deseó solo abrazarlo, acariciarlo y volcar todo su afecto sobre él. No lo deseaba, pero no podía dar marcha atrás al milagro que ya había ocurrido.
En la actualidad, Sa-yeong era lo más preciado para él y lo más valioso por encima de todo.
—Tú eres el hijo de la Emperatriz y el hijo legítimo y primogénito del Emperador.
…También es el rastro de Gyo Seung-wan.
—Además, tú eres-
Se detuvo antes de continuar. Tragó el sabor amargo que hervía en su interior. Nunca había dejado de guardar rencor a ese Cielo, pero solo por ahora, debía decir que era una gracia celestial.
—Eres un niño nacido bajo la bendición del Cielo. No hay niño más noble que tú en todo este mundo, y para Su Majestad no existe un hijo más especial que tú, ¿no es así?
—Madre Real.
—Para mí también eres lo más valioso. ¿Qué más tengo yo aparte de ti?
El niño era su hijo. Su hijo y de nadie más. Pero no se parecía a nadie; era completo en sí mismo y sería el comienzo. Sin duda así sería.
Seung-wan deseaba que Sa-yeong tuviera todo lo que quisiera y viviera una vida llena de alegría. Más aún porque los niños nobles de la familia imperial, a pesar de recibir toda clase de bendiciones al nacer, rara vez vivían una vida tranquila. Como le ocurrió a él, y como les ocurrió a varios parientes que perecieron a manos de I-do.
Jamás deseó que su hijo terminara así. Quería que tuviera todo lo que deseara y viviera feliz. No, quería poner toda la alegría del mundo en esas pequeñas manos. Que, tal como indica su nombre de Niño de la Bendición, viviera eternamente bajo bendiciones y se convirtiera en un soberano que perdurara en la historia.
—No olvides eso ni por un instante. ¿Entendido?
Seung-wan esbozó una sonrisa mientras acariciaba repetidamente a Sa-yeong, quien sonreía con dulzura.
—Sí, sí, así lo haré sin falta.
—Bien. Eres un buen niño. Eres sumamente bueno e inteligente.
Sa-yeong era un niño listo. Aunque él dijera eso, sabría que I-do lo consideraba algo irrelevante. Pero al saber que para Seung-wan su existencia era sumamente valiosa, pareció abandonar su tristeza de inmediato. Al ver su rostro sonriente, Seung-wan también se alegró. Sa-yeong era el niño que le devolvió la risa que había perdido tras la muerte de Ye-ha.
Cuando estaba con Sa-yeong, el tiempo volaba mientras conversaban de diversos temas, leían libros juntos o Seung-wan supervisaba sus estudios. En particular, Sa-yeong poseía una caligrafía excepcional, por lo que a Seung-wan le bastaba con ver al niño escribir para sentirse dichoso. Sin embargo, al notar que la caligrafía de ambos se asemejaba más con el paso del tiempo, una extraña sensación lo invadía.
En momentos como esos, Seung-wan recordaba cuando le enseñaba a escribir a Ye-ha. Normalmente dejaba que los sirvientes se encargaran, pero cuando tenía tiempo libre, se divertía enseñándole personalmente varias cosas a Ye-ha. A pesar de que Ye-ha había vivido toda su vida como un esclavo realizando trabajos pesados, era inteligente y aprendía a escribir con rapidez.
La primera expresión idiomática que le enseñó a Ye-ha fue Mun-gyeong-ji-gyo*. Lo hizo simplemente porque era una frase que le gustaba, pero Seung-wan se había arrepentido incontables veces hasta hoy de habérsela enseñado.
N/T: una amistad tan profunda que uno daría la vida por el otro.
Por esa razón, jamás había pronunciado esa expresión frente a Sa-yeong ni se la había mostrado. Como siempre cuidaba los libros que Sa-yeong leía, si encontraba esa frase escrita, la apartaba de inmediato. Alguna vez fue su expresión favorita, pero ahora no era más que una maldición.
—Su Majestad la Emperatriz.
Un sirviente que estaba fuera de la puerta llamó a Seung-wan. Sa-yeong se mostró extrañado, pero Seung-wan intuyó de qué se trataba y tragó un suspiro. Los asuntos oficiales que I-do debía procesar hoy no eran muchos. Al parecer, el tiempo afectuoso entre madre e hijo terminaba aquí.
—Su Majestad el Emperador busca a la Emperatriz.
Como Seung-wan estaba de espaldas a Sa-yeong, pudo fruncir el ceño por un instante. Pero fue solo un momento. Seung-wan recompuso su expresión y giró la cabeza.
—Dice que me busca, así que debo irme. No te esfuerces demasiado. Apaga la luz y cierra el libro antes de que sea más tarde.
—Madre Real. Entonces-
—Hace frío afuera, no salgas y quédate aquí.
Seung-wan disuadió a Sa-yeong, quien intentaba salir para despedirlo, y se levantó de su asiento. Como Sa-yeong parecía algo inquieto, le acarició el pelo y le dio un beso. Al cruzar miradas, Sa-yeong sonrió con dulzura.
—Que duermas bien. Vendré a verte mañana antes de que pase el mediodía.
—Sí, Madre Real. Id con cuidado.
Esas pupilas que rebosaban ternura se volvieron gélidas en cuanto salió de la estancia de Sa-yeong. Con la boca firmemente cerrada, Seung-wan subió al palanquín y atravesó el interior del palacio sumido en la oscuridad.
La distancia entre ambos palacios era corta, por lo que el palanquín se detuvo pronto frente al Palacio Daeseungjeon.
—…
Sin bajar de inmediato, sus ojos azules se movieron lentamente de abajo hacia arriba, escaneando el Palacio Daeseungjeon.
A veces sentía tantas ganas de prenderle fuego que el Palacio Daeseungjeon mantenía su majestuosidad intacta, sin cambiar ni un ápice. Ni un solo rincón había perdido su brillo. Por eso, a veces sentía que el palacio pesaba sobre sus hombros.
Al bajar del palanquín, Seung-wan se detuvo un momento antes de avanzar. Jae-rim, que estaba a su lado, lo observó y luego lo siguió.
Jae-rim era la sirvienta que asistía a Seung-wan desde hacía nueve años. Era una confidente que él mismo había seleccionado cuidadosamente de un lugar muy alejado del palacio. El mercader describió a Jae-rim diciendo que era tan habilidosa como un médico y tan perspicaz que hacía todo bien.
Aunque no creía en las palabras de tal hombre, a ojos de Seung-wan ella parecía tener una voluntad firme y respondía con propiedad a lo que se le preguntaba.
Antes trabajaba bajo las órdenes de unos médicos. Para poder recibir una comida decente, tenía que hacer el trabajo del médico además de las tareas domésticas, así que no hay nada que no sepa sobre hierbas medicinales.
Como lo que Seung-wan necesitaba en ese momento era una mujer, pensó que ella era realmente adecuada. Si mantenía a un hombre cerca, sin duda recordaría a Ye-ha y, sobre todo, I-do no lo permitiría.
Así que, antes de llevarla al palacio, investigó su pasado y descubrió que su familia había sido exterminada por cometer traición, quedando ella sola desde que nació. Con tales antecedentes, no importaba cuán talentosa fuera, no era alguien a quien se pudiera llevar. Sin embargo, por curiosidad le hizo una pregunta y la respuesta fue magistral.
—Planeo llevarte conmigo al palacio imperial, pero yo también soy una persona de la familia imperial. Dado tu pasado, no podrás servirme de corazón, ¿verdad?
—Señor, ¿sois alguien de alto rango en la familia imperial?
—¿Y si lo fuera?
—Si os guardara rencor, no cometería la falta de respeto de odiaros, pero eso sería todo. Si no os guardo rencor y os entrego mi lealtad, tal vez podría restaurar mi linaje.
—…
—No os guardaré rencor y os daré toda mi lealtad. Por favor, llevadme con vos.
Le gustó que fuera inteligente y audaz. Al final, significaba que sería leal con tal de rehabilitar a su familia. Si era así de lista, se pondría de su lado y no del de I-do ante cualquier situación.
Jae-rim recordaba todo lo que veía y oía una vez. Conocía a la perfección los asuntos del palacio en su lugar y hacía cualquier cosa que él le ordenara.
Originalmente, Seung-wan planeaba tener varios confidentes cerca, pero cambió su plan. Para sus propósitos, bastaba con Jae-rim, quien le obedecía ciegamente. Al resto decidió otorgarles favores pero usarlos como piezas desechables.
Y no le interesaba cuáles eran las verdaderas intenciones de Jae-rim. Pensaba que, mientras fuera estrictamente obediente en la superficie, era suficiente.
De todos modos, no podría volver a encontrar a alguien como Ye-ha, ni deseaba que así fuera. Nadie más podría darle una confianza absoluta como la de Ye-ha. Su única persona íntegra fue Ye-ha.
Sa-yeong, como soberano, debería valorar al país más que a él mismo, y cuando llegara el momento, tendría a alguien a quien amar. Era un niño que no podía ser suyo para siempre, y no debía serlo.
Siendo así, era mejor tener a alguien como Jae-rim cerca, alguien que no lo siguiera de corazón, pero que jamás pudiera traicionarlo.
Ya no deseaba poseer nada que fuera completamente suyo. El dolor de perder algo así sería, sin duda, tan atroz como cuando perdió a Ye-ha. No tenía confianza en sí mismo para pasar por algo así dos veces. Podía ver vívidamente cómo se vería a sí mismo luchando desesperadamente para no sufrir ese mismo dolor.
—Su Majestad la Emperatriz entra.
Escuchando la voz del sirviente que había oído incontables veces, Seung-wan entró a donde se encontraba I-do. Guardando las formas como alguien que se había convertido en Emperatriz hasta la médula, Seung-wan se sentó frente a I-do con naturalidad y mantuvo la mirada baja. Aun así, no ignoraba que la mirada dorada estaba fija en él.
—Dicen que habéis pasado tiempo con el Príncipe Heredero desde el mediodía.
—Así es.
I-do se acercó a grandes zancadas hacia Seung-wan, quien respondió con voz suave. Cuando una sombra se proyectó frente a él, Seung-wan cerró los ojos por un instante, pero no tuvo más remedio que cruzar su mirada con la de I-do.
—¿Qué haréis si queréis tanto al niño? Si planeáis matarme para ascender al trono, Sa-yeong será vuestro mayor obstáculo.
—…
—Hyung sigue siendo demasiado afectuoso. Como tenéis tanto afecto, lo entregáis por todas partes.
I-do acarició la mejilla fría de Seung-wan. Su mano descendió suavemente sin encontrar resistencia y, al llegar a la mandíbula, tocó la carne suave que había debajo. Como si tratara con una bestia.
A pesar de que era un insulto deliberado, Seung-wan lo soportó bien como de costumbre. Sin embargo, su respiración se volvió un poco pesada. No era por la ira, sino porque su piel se encendía ante el contacto de I-do. Seung-wan también notó su propia reacción, por lo que sus emociones se agitaron con más fuerza.
—¿Acaso Majestad está sintiendo celos?
Fue una pregunta hecha con una sonrisa dócil, pero significaba que Seung-wan no podía soportar más.
—…Celos, qué ocurrencia.
Al entrar en contacto con esa mirada que, pese a preguntar con suavidad, era penetrante, todo su cuerpo se estremeció. I-do guardó silencio por un momento y luego lo miró a los ojos.
—Los celos son cosa vuestra, hyung. Si acaso llegara a traer a una concubina, la mataríais antes de que pudiera poner un pie en el Palacio Daeseungjeon.
Seung-wan no lo negó. Si una concubina llegara a entrar, no permitiría que pasara ni un solo día en el palacio.
Sin embargo, aquello no nacía de los celos. I-do simplemente debía ser así. Ningún hijo de una concubina podría amenazar el lugar de Sa-yeong, el Niño de la Bendición, pero eso era un asunto aparte. No podía tolerar que otorgara su favor sexual a concubinas ni a sirvientes.
—Incluso últimamente estaréis investigando qué es lo que hago.
Seung-wan cerró la boca, decidido a mantener el silencio. Desde el principio no había intentado ocultárselo a I-do. No quería gastar energías en algo imposible y, además, como él le dejaba brechas como invitándolo a mirar, simplemente se había informado.
—¿Tan valioso le resulta Sa-yeong?
Al surgir la historia de Sa-yeong, la expresión de Seung-wan cambió. El ánimo de I-do se torció en ese punto.
—Me preocupa que hyung sea capaz de acostarse incluso con su propio hijo.
Si los ojos que lo enfrentaban hubieran sido solo un poco menos feroces, Seung-wan, que pretendía ser sarcástico o añadir una palabra más, terminó guardando silencio. Una furia contenida habitaba en sus pupilas hundidas. Si I-do expresaba su ira, no sería contra él, sino contra Sa-yeong.
—Majestad. ¿Qué es lo que desea obtener sacudiéndome de esta manera?
Cuando salía el tema de Sa-yeong, inevitablemente terminaba encogiéndose. El niño era su escama invertida y su debilidad. Si fuera I-do, cometería incluso el acto de matar a su propio hijo, al niño de la bendición, sin darle importancia. Aunque nunca lo había sacudido usando la vida de Sa-yeong como pretexto. ¿Qué no podría hacer Gyo I-do si así lo deseara?
Seung-wan miró a I-do con una mirada dócil, fingiendo sumisión.
—No creo que me haya llamado a estas horas para entablar una disputa. ¿No me ha llamado porque tiene otros asuntos que atender?
Tras terminar de hablar, él mismo tiró del cordón que sujetaba sus vestiduras. Una vez que el cordón atrapado en las yemas de los dedos de Seung-wan se deslizó hacia afuera, la túnica exterior que cubría su frente se abrió, revelando su pecho cubierto apenas por una fina capa de ropa.
Con una sonrisa hipócrita en los labios, Seung-wan abrió su ropa como si quisiera atraer la mirada de I-do hacia ese lugar. La Marca de las Alas grabada sobre su pecho estaba más roja que nunca.
—…Haga lo que desee, Majestad.
***
Seung-wan, tras ser investido como Emperatriz, siempre llamó a I-do como Majestad, tratándolo como a un superior.
Sin embargo, esto no era en absoluto porque lo sintiera de corazón, ni significaba que hubiera aceptado la realidad o se hubiera resignado.
Como sabía que él lo amaba, deseaba que él anhelara poseer sus sentimientos de por vida. Tal como había cosas que él mismo no podía obtener a pesar de desearlas fervientemente, I-do debía pasar por lo mismo. Él también debía compartir ese mismo dolor.
Por ello, Seung-wan actuaba una mentira y entregaba su cuerpo. Su propio cuerpo no era diferente de una tierra que no podía ser recuperada, pero seguía siendo el cebo con el que podía atraer a I-do.
—…Ugh… Ahh… Haah.
Un sonido lascivo resonó en medio del silencio. I-do colocó a Seung-wan sobre él, haciendo que su parte íntima tocara sus propios labios. Esta era la postura que Seung-wan más odiaba; la primera vez que lo hicieron así, se puso pálido y no pudo moverse.
Sin embargo, tras comprender que la única forma de escapar de ese estado era satisfacer a I-do, ahora palpaba la parte inferior de este con los ojos fuertemente cerrados.
—Uuh, ngh… Ah…
El largo tiempo viviendo como Emperador y Emperatriz hizo que Seung-wan se acostumbrara a muchas cosas. Actos que en el pasado habrían sido impensables, ahora los realizaba por cuenta propia en cierto momento.
Seung-wan, que apenas rodeó con su boca el extremo de la polla, dejó escapar suspiros de dolor intermitentes debido a la sensación que se extendía sin fin entre sus piernas. I-do, con sus grandes manos, sujetó la carne de Seung-wan abriéndola hacia ambos lados y lamió con su lengua, a lo largo, la hendidura revelada.
—Huu…ugh…
En cada lugar por donde pasaba su lengua, nacía una sensación punzante. Si Seung-wan intentaba mover su parte inferior aunque fuera un poco por no poder soportarlo, I-do golpeaba sobre su piel o clavaba los dientes. Esta vez fue lo segundo; sus dientes presionaron firmemente la carne ardiente.
—Ahh…hgh…mmm.
Mientras grababa varias marcas profundas de dientes, I-do juntó sus dedos índice y medio para masajear la entrada. No los introducía, solo merodeaba alrededor, pero al golpear un par de veces el orificio que se abría y cerraba como si lo castigara, los fluidos corporales comenzaron a brotar.
—Ugh, ahh, ngh… Ah, haa…
Una vez que la entrada estuvo suficientemente lubricada, dos dedos entraron de repente. Las paredes internas, vueltas viscosas, fueron estimuladas por las yemas de I-do, empapándose aún más. Sus largos dedos encontraron con familiaridad un punto y comenzaron a rascarlo. Al frotar rápidamente la zona hinchada, Seung-wan, que apenas mantenía el glande en su boca, inhaló un aire agudo.
—Ah, ah, haa…ugh.
El temblor que nació en su cintura no se detenía. Sentía incluso que su lengua se trababa, por lo que no podía lamer adecuadamente la polla de I-do.
La pesada masa de carne se deslizaba sobre su mejilla. Apenas lograba sujetarla con la mano y tocar la parte superior, pero ni siquiera en esa mano tenía fuerza.
—Huu, ngh, haa…ugh…
I-do presionaba con fuerza, como si fuera a revolverle las entrañas, para luego volver a hacer cosquillas en la zona estimulada. Lo que Seung-wan quería no era esto, sino que él embistiera su interior sin descanso.
—Ngh, uuh…huu.
Poco a poco, el calor subió a su cabeza. Seguramente lo hacía a propósito. Solo después de que su cuerpo estuviera suficientemente encendido, le daría el estímulo que deseaba.
Seung-wan, incapaz incluso de apretar los dientes, succionó la polla de I-do. Como el estímulo insatisfecho continuaba uno tras otro por detrás, apenas podía sentir el sabor metálico que se infiltraba en la punta de su lengua.
—Ah…huuuggh…
La cintura de Seung-wan se arqueó hacia adentro y su torso, que apenas resistía, se derrumbó. I-do, que recorría las paredes internas, finalmente comenzó a meter y sacar los dedos para que Seung-wan pudiera quedar satisfecho. Ulcerando las paredes que se aferraban a él como si lo hubieran estado esperando, giró sus dedos en un gran círculo y los agitó en estrecho contacto. Cada vez que lo hacía, la entrada teñida de rojo brillante se contraía, atrayendo a I-do.
I-do, que observaba de cerca cómo su orificio se empapaba, lamió los alrededores como una bestia.
—Haa, uuh, ngh, uugh… Ah, ahh, huu… ngh.
Seung-wan, que sollozaba, no pudo soportar más el placer que recorría todo su cuerpo al ser lamido. En el momento en que la yema de I-do presionó firmemente el punto máximo, su interior ardió. En cada lugar por donde él pasaba se formaban ondas, impidiéndole mantener la razón.
Incapaz de contenerse, Seung-wan abrió la boca de par en par y terminó eyaculando sin poder siquiera gritar. Tanto por delante como por el orificio que ya no podía cumplir su función original. Ahora, ni siquiera recordaba la sensación de usar ese lugar según su función natural.
Ese lugar de Seung-wan se había convertido en un órgano sexual íntegro, siendo ultrajado por I-do.
—Huu, uuuuu… ¡Ahh!
No le dio ni un momento para disfrutar de las secuelas del clímax. I-do lamió los fluidos que Seung-wan expulsaba como si fuera algo natural, mientras estimulaba la entrada. Un sonido obsceno se escuchaba entre sus labios y el orificio.
Aunque hubo veces en las que I-do succionó sin reparos con la boca incluso el lugar donde él acababa de eyacular, Seung-wan sintió que se le humedecían los ojos por la vergüenza de este momento.
—Ah, ngh, ahh…mmm……ugh, ngh.
Y sin embargo, por qué el placer era más vívido que la vergüenza. Una sensualidad angustiante recorría todo el cuerpo de Seung-wan, que se había tensado al máximo.
Los dedos de I-do se retiraron, pero se sentía como si él todavía estuviera forjando persistentemente su sensibilidad con las yemas.
—Huu…ugh…
Ante esto, Seung-wan se esforzó por calmar su aliento agitado y cambió de postura, mordiéndose el labio inferior debido a I-do, que tiraba de ambos tobillos de él. La polla de I-do, empapada por la saliva de Seung-wan, ahora era el turno de entrar en su interior.
Sin embargo, el cuerpo de Seung-wan no se abría fácilmente hoy, apretando fuertemente la polla de I-do desde la entrada. Como era un espacio estrecho para I-do incluso después de haberlo relajado con esmero durante mucho tiempo, un largo suspiro se escuchó desde arriba.
El entrecejo de I-do, que tenía los ojos cerrados, estaba fruncido. Debido a que se detuvo sin poder entrar más, Seung-wan tuvo margen para mirar hacia arriba a I-do.
—…
Es una expresión de estar concentrado en él que le resulta desagradable. A veces, cuando miraba a I-do durante el acto, él solo lo contenía a él y a nadie más. Ahora era igual. Aunque no cruzaran las miradas, I-do solo lo veía a él.
Al entrar en contacto con esa mirada que lo observaba fijamente, siente escalofríos. Al mismo tiempo, un calor difícil de soportar brotó dentro de su cuerpo.
—…Ha, ugh.
La mirada de Seung-wan tembló peligrosamente. La polla de I-do toca la entrada y se separa. A pesar de que solo tocó y se separó, los fluidos se impregnaron y se conectaron en un largo hilo.
Acto seguido, una vez más. Y otra. Tras repetir aquello unas tres o cuatro veces, él embistió hacia arriba con fuerza.
—¡Ugh, ahhh…!
Donde los pliegues se fruncían con fuerza, la polla de I-do, aún más dura, embistió hacia el interior. Cuando había entrado desde el glande hasta la mitad, la cintura de Seung-wan se arqueó. Acto seguido, en el instante en que entró hasta el fondo y sus sexos chocaron, I-do tomó entre sus labios un pezón enrojecido como si fuera a morderlo.
—Hiee…hu, ugh, ahh…ngh.
En cuanto succionó con fuerza, Seung-wan dejó escapar un gemido y encogió los dedos de los pies. Tanto el interior como el exterior estaban colmados de placer. El pezón enrojecido se irguió con firmeza, y aunque I-do solo acababa de entrar, un escalofrío recorrió todo su cuerpo como si estuviera a punto de alcanzar el clímax de inmediato. Aunque cerró la boca a duras penas, no pudo evitar el sonido que vibraba en su garganta.
—Huuugh, ha-ugh, ha, uuh, ugh…ahh, es…espera… ¡Detente…! ¡Ugh!
Las palabras que salieron de su boca terminaron desmoronándose bajo el peso de los gemidos. Tras haberlo acogido todo por completo una vez, los movimientos de I-do se volvieron difíciles de soportar para Seung-wan. Al continuar embistiendo y foIIando con brusquedad, su interior retumbó con fuerza. Después de que la feroz polla golpeara el punto máximo, su piel también se encendió de calor.
—Huu, ah…uuuugh…hu, ngh.
I-do, que no solía dejar escapar muchos gemidos, no era diferente de Seung-wan. Su cuerpo, que nunca descuidaba el entrenamiento diario, seguía siendo como una enorme roca bien tallada, pero al subir su temperatura, también parecía una barra de hierro al rojo vivo.
—Ugh, haa, ngh, ah-ugh…ah, uuh…hu-ugh, ah, ¡ahh…!
Mientras era aplastado por ese cuerpo sólido, Seung-wan enredó sus manos perdidas en el cuerpo de I-do. Con el paso del tiempo, él conocía cada vez mejor el cuerpo de Seung-wan, por lo que no hacía más que jugar con él con mayor destreza sin que su ímpetu decayera.
—Ah, ugh, ngh, huuugh…huu, ha… ¡Uuugh!
Viene. Ese momento que ha experimentado incontables veces por culpa de I-do.
Sentía como si su pene fuera exprimido, y su vientre se contraía con un hormigueo.
I-do, que estimulaba persistentemente un solo punto, movía su cintura decidido a hacer que Seung-wan se corriera a chorros. El sonido explícito se dispersaba de forma lasciva desde el punto de unión. La cintura de Seung-wan, levantada a un palmo de distancia, fue sujetada por las manos de I-do.
—Ah, ugh, ngh…ugh, haaa…
Sin poder escapar, Seung-wan abrió mucho los ojos, pero al no poder soportar su propio libertinaje, los cerró con fuerza. Sentía ganas de orinar, pero no era eso lo que estaba por salir. Como I-do también estaba cerca del final, en lugar de pedirle que lo mirara, hundió sus labios sobre los párpados fuertemente cerrados de Seung-wan.
—Uhu, ngh, huu… I-do, ah, ah, ugh… ¡Aaah…!
Al mismo tiempo, penetró hacia el punto máximo que Seung-wan intentaba evitar. Mientras golpeaba y golpeaba el interior, su parte baja se empapó gradualmente. Los fluidos transparentes que brotaban simultáneamente del pene y del orificio empapaban los cuerpos del otro.
—Huuuu, hu, ugh, ah, aaa, hiee… ¡Ah-ugh, ahh…ugh!
Incluso mientras eyaculaba, los movimientos de I-do seguían siendo bruscos. Al sumarse el placer al cuerpo sensibilizado, Seung-wan sacudió la cabeza. Al patalear inconscientemente, su cuerpo fue arrastrado hacia abajo como si cayera. El pene se insertó profundamente y se escuchó un fuerte sonido sordo al chocar las entrepiernas.
En el interior de Seung-wan, que exhalaba alientos entrecortados, comenzaba la eyaculación de I-do. Incluso en ese estado, la polla de I-do, lejos de marchitarse, solo arremetía con la intención de aplastar el interior.
—Ah, ah, ah, ugh, ahh, ngh…por, favoo…ah, hu…hiee…
Seung-wan, incapaz de moverse a su voluntad, se quedó rígido como un trozo de madera, sacudiéndose violentamente siguiendo los movimientos de I-do. Aunque acababa de estar envuelto en las secuelas del clímax, se escuchó de nuevo el sonido del chapoteo del agua.
Los ojos de Seung-wan, que apenas agitaba sus extremidades, se pusieron en blanco vagando en la oscuridad. El placer extremo bloqueaba incluso sus gemidos de vez en cuando, y el placer afilado era casi como violencia.
Los cuerpos de los dos, perfectamente superpuestos, se deseaban mutuamente sin intención de separarse.
—Ugh, huu, ah…ugh.
No habría sido extraño que Seung-wan se desmayara de inmediato. Sin embargo, I-do mantenía su conciencia dándole pequeños estímulos sucesivos. En el cuello, las clavículas, los hombros y los brazos, en cualquier lugar donde tocaran sus labios, quedaba una marca rojiza.
La conciencia vacilante de Seung-wan apenas fue arrastrada de vuelta, sufriendo debido a la polla de I-do que se movía densamente en su interior. Sentía como si sus entrañas fueran un pequeño charco. El sonido del agua que se escuchaba cada vez que él se movía resonaba en el espacio silencioso.
—Ah… ¡Uugh…!
El líquido que llenaba su vientre a rebosar también estimulaba a Seung-wan al salir. El pene de I-do se retiró primero, y el líquido blanco salió íntegramente de la entrada que quedó abierta de forma redondeada.
—Ngh…
De pronto, Seung-wan recordó la vez que I-do le metió un tapón en su interior y terminó apretando los dientes. Era un suceso terrible que no quería volver a pensar jamás.
Sin embargo, la mayoría de los sufrimientos grabados profundamente en su corazón pertenecían al pasado. Una vez que I-do, que lo besaba suavemente en el rostro y el cuello como disfrutando del post-acto, se separó, Seung-wan supuso que hoy él no lo poseería más y levantó su cuerpo.
En ese proceso, contó con la ayuda natural de I-do. Seung-wan quería recriminarse a sí mismo por no sentir una gran incomodidad ante eso, pero su cuerpo, sobre el que se había asentado el placer, no se movía como deseaba. Ponerle la ropa sobre el cuerpo desnudo fue, por supuesto, también tarea de I-do.
—Haré que traigan el agua para el baño.
Dicho esto, I-do, que se levantó primero de su lugar, se puso una túnica dorada. Seung-wan, que miraba fijamente su espalda, esta vez se mordió los labios hasta que finalmente vio sangre. Sintió que debía herir su propio cuerpo para poder sentir algo de dolor.
La noche ya no era tan dolorosa como antes.
Hasta el punto de sentir que incluso el sufrimiento era algo de hace mucho tiempo.
***
La paz en el palacio donde vivían los tres continuaba, al menos superficialmente. Todo era como de costumbre.
El Emperador trataba al Príncipe Heredero como si no existiera y no desviaba su mirada hacia nadie más que la Emperatriz. No llamaba a sirvientes a su cama ni tomaba consortes; a lo sumo, llamaba a A-seo para beber de vez en cuando.
La Emperatriz, como siempre, escuchaba noticias de I-do mientras pasaba el día con el Príncipe Heredero, y por la noche se entregaba por completo al Emperador.
Incluso si no unían sus cuerpos, compartían el mismo dormitorio. El acto sexual ocurría una vez cada dos o tres días, pero aun así el Emperador buscaba a la Emperatriz.
Desde el nacimiento de su primer hijo, la Emperatriz no había vuelto a concebir ni una vez. Esto se debía a que, a la mañana siguiente de cada unión, bebía sin falta un té hecho con cártamo, peonía, semillas de dondiego, semillas de melocotón y diversas hierbas medicinales. Como todas tenían propiedades que impedían la concepción, la Emperatriz bebía este té cada vez, aun sabiendo que el Emperador también tomaba medicinas por su cuenta para no dejarlo embarazado.
—Majestad, he traído el Agua Bendita.
Tras beber el Agua Bendita después de una hora, su cuerpo dañado regresaba a la normalidad. Como de costumbre, Seung-wan refrescó su garganta con el agua que trajo la dama de honor, dejó la taza y abrió un libro.
I-do no ignoraba que Seung-wan bebía infusiones para no concebir. También sabía que buscaba diversas hierbas y probaba sus efectos a diario.
Sin embargo, ignoró los hechos evidentes. No deseaba sembrar nada más en el cuerpo de Seung-wan, ni tenía necesidad de hacerlo.
Así, la familia imperial vivía en paz. Como si esa calma asentada sobre el caos fuera a mantenerse para siempre.
Fue así hasta que, quince días después, Sa-yeong, que caminaba por el Palacio Seogon junto a Seung-wan, comenzó a vomitar sangre repentinamente. La desgracia siempre golpea de forma inesperada.
—¡Yeong!
—Madre… Real.
Sintiendo un dolor como si agua hirviendo desbordara de su garganta, Sa-yeong se desplomó. Incluso levantar la cabeza le resultaba difícil. Seung-wan se acercó presuroso y lo tomó en brazos, pero el niño, inconsciente, solo temblaba violentamente. De su boca brotaba sangre roja una y otra vez.
—Pequeño, mi niño…
En cuanto la sangre roja tocó las yemas de sus dedos, Seung-wan perdió la razón a pesar de estar frente a los sirvientes. Debía llamar al médico, o al menos examinar el estado de Sa-yeong, pero sentía que el cuerpo que sostenía se enfriaba. Su mente se quedó en blanco y no pudo hacer nada.
Por suerte, Je-rim estaba a su lado. Mientras vigilaba el estado de su señor, ordenó rápidamente a los sirvientes que trajeran a los médicos del hospital real.
Esta noticia no tardó en llegar a oídos de I-do en el Palacio Daeseungjeon.
Al principio, I-do no mostró interés al pensar que solo eran noticias sobre Sa-yeong, pero al oír que el incidente ocurrió mientras estaba con la Emperatriz, se levantó de inmediato. La distancia entre el Palacio Daeseungjeon y el Palacio Seogon era menor que la del hospital real. I-do llegó al Palacio Seogon antes que los médicos.
—Emperatriz.
Al llegar, vio a Seung-wan abrazando a Sa-yeong, llorando como un niño perdido. Ni siquiera reparó en Sa-yeong, que tenía la túnica empapada en sangre.
Al enfrentarse directamente al llanto de Seung-wan, I-do sintió la cabeza aturdida. Sin darse cuenta, avanzó para consolarlo, pero Seung-wan soltó un grito desgarrador y rechazó la mano de I-do.
—¡Tú!
—…Hyung.
—¡Fuiste tú! ¡Otra vez…otra vez…intentas herir a Sa-yeong…!
—No he sido yo.
—¡No mientas!
—…
—¿Cómo voy a creer tus palabras? Otra vez, otra vez vas a arrebatármelo, hgh, uuh…
Aunque los sirvientes agachaban la cabeza fingiendo no oír, Seung-wan gritaba a I-do sin importarle nada. Al pensar que podría perder a su persona más preciada frente a sus ojos una vez más, no pudo mantener la cordura.
—No te lo perdonaré, si algo le pasa a Sa… Sa-yeong. ¡Nunca te lo perdonaré!
Recordando la sangre de Ye-ha filtrándose por la rendija de la puerta, Seung-wan no soltó a Sa-yeong ni un segundo hasta que llegó el médico. Le tomó mucho tiempo recuperar la compostura.
Gracias a que Je-rim, a su lado, le repetía constantemente: “Majestad debe recobrar el juicio para que su alteza pueda estar tranquilo”, logró recuperarse un poco más rápido.
—¡Tendréis que hablar sin ocultar nada! ¡Ya sabréis que vuestro pecado es grande!
—Sí, sí, Majestad.
Seung-wan escuchó el diagnóstico del médico que yacía postrado en el suelo.
Al parecer, la mañana en que Seung-wan se quedó en el Palacio Daeseungjeon sin poder salir, Sa-yeong tuvo una tos leve al despertar. Fue visto por el médico, pero no encontraron nada extraño; tras beber té de jengibre, la tos cesó.
En ese momento, un sirviente sugirió informar a Madre Real, pero Sa-yeong se negó. Dijo que no era nada y que no quería preocupar a su madre innecesariamente. El problema fue considerar aquello como un simple resfriado por el frío repentino.
En el cuerpo de Sa-yeong, que se desplomó perdiendo más sangre de la que sus pequeñas manos podían contener, brotaron pronto ronchas rojas de fiebre. Para colmo, las medicinas de los médicos no surtían efecto. Sa-yeong, que no había abierto los ojos desde que cayó, sufría intensamente.
—Pequeño, Sa-yeong…
Es difícil que el Agua Bendita tenga efecto contra las enfermedades. Darle de beber sería mejor que nada, pero solo hasta ese punto. Seung-wan, sabiendo esto, cambiaba la toalla fría sobre la cabeza del niño febril con el corazón en un puño.
Si la fiebre subía demasiado y dañaba sus ojos o oídos. Si fueran los oídos, bastaría con verter Agua Bendita, pero si fueran los ojos, habría que herirlos o extraerlos antes de usar el agua. Seung-wan no quería ni imaginar que ese pequeño niño tuviera que soportar tal dolor.
Entonces recordó que, cuando se pierde sangre, las medicinas hechas con sangre propia son efectivas.
—¡Majestad…!
En cuanto lo recordó, Seung-wan tomó un cuchillo sin dudarlo y se cortó la muñeca. La hoja penetró profundamente, trazando una línea roja. Cuando la sangre comenzó a brotar, la mezcló directamente con la medicina.
Je-rim cerró los ojos con fuerza, incapaz de ver cómo rasgaban la piel de su señor, pero la expresión de Seung-wan al herirse era de absoluta calma.
Desde ese día, se hacía una herida nueva cada vez para mezclar su sangre con la medicina. Por el bien de su hijo, herir su cuerpo no era nada. Seung-wan cuidaba de Sa-yeong siguiendo incluso la superstición de que, si quien se hiere sana la herida de inmediato, la medicina no surte efecto.
El rumor de que la Emperatriz se cortaba las muñecas para extraer sangre y dársela al Príncipe Heredero se extendió en un instante por todo el palacio.
Mucha gente alababa la benevolencia de la Emperatriz y rezaba fervientemente por la pronta recuperación del Príncipe Heredero, el niño de la bendición. Tanto los funcionarios como los sacerdotes ofrecían sacrificios al cielo cada noche.
Sin embargo, una sola persona, I-do, dejó que la ira consumiera su corazón al oír la noticia. Cada vez que le informaban que Seung-wan se hería tres o cuatro veces al día, su rabia ardía con más fuerza.
—Así que has hecho eso.
La furia recorría su mente lentamente. I-do no tenía mucha paciencia cuando se trataba de Seung-wan.
Esa noche, justo pasada la medianoche, un hombre vestido con el Gonryongpo salió silenciosamente del Palacio Daeseungjeon. Sus pasos se dirigían, naturalmente, hacia el Palacio Seogon.
***
—Ah…
Parecía que se había quedado dormido un momento. Seung-wan, que no había podido acostarse en una cama para dormir adecuadamente en los últimos días, dejó escapar un quejido de dolor y se acercó a Sa-yeong. El niño aún tenía mucha fiebre, pero la toalla húmeda sobre su frente estaba tibia. Al notar que el agua ya no estaba fría, Seung-wan frunció el entrecejo.
—¿...No hay nadie fuera?
—Sí, Majestad.
Se escuchó la voz de Jae-rim. Seung-wan ordenó que prepararan agua fría y toallas nuevas, y luego examinó a Sa-yeong. Parecía que su respiración se había vuelto un poco más tranquila.
Poco después, recibió la toalla de manos de Jae-rim, quien acababa de entrar. Tras limpiar con cuidado el cuello y la frente de Sa-yeong, Seung-wan volvió a dedicar casi medio día exclusivamente al cuidado del niño. Alimentarlo con gachas de arroz y darle su medicina eran tareas que solo él realizaba.
Habiendo pasado todo el tiempo observando únicamente a Sa-yeong, Seung-wan apenas logró terminar de darle las gachas y volvió a cabecear. Había perdido demasiada sangre al cortarse las muñecas repetidas veces, y su cuerpo, al límite por la fatiga acumulada, no podía sostenerse ni siquiera con fuerza de voluntad.
Sin siquiera oír los pasos que se acercaban, Seung-wan continuó dormitando sentado. Pasó cerca de una hora hasta que alguien, tras haber despachado a los sirvientes, entró y vertió Agua Bendita sobre las heridas de Seung-wan.
—¡…!
Seung-wan se sobresaltó ante la sensación de frío en su muñeca. Alguien estaba vertiendo agua sobre su brazo… Al darse cuenta de que era Agua Bendita, intentó retirar la mano apresuradamente, pero ya era tarde.
—¿Habéis despertado?
I-do vertió el Agua Bendita con indiferencia sobre la muñeca de Seung-wan y lanzó la botella vacía a un lado. La botella chocó contra la pared con un golpe seco.
Tras la breve sorpresa de ver sus heridas sanadas en un instante, Seung-wan se asustó aún más al mirar hacia arriba a I-do. Este puso su mano sobre las vestiduras de Seung-wan. Ese tacto, que parecía apretar lentamente, lo aterrorizó.
—Tú… ¡¿qué, qué pretendes hacer?!
—Hace mucho tiempo que no escucho esa palabra. Tú.
—¡…!
—¿Acaso no habéis estado fuera de vuestro juicio frente a los sirvientes?
—¡Hgh…!
I-do desordenó las ropas de Seung-wan, casi arañando su pecho donde no podía asirlas bien. Sus vestiduras, antes impecables, se abrieron en un instante revelando su piel desnuda.
—Detente. Es…estamos frente a Sa-yeong…
—Gracias a eso, hasta ahora he poseído a la Emperatriz, pero hoy podré poseer a hyung.
—¡¿Has perdido el juicio?!
—Solo es diferente el hecho de que estamos frente a Sa-yeong.
Su cuerpo estaba demasiado acostumbrado al tacto de I-do como para resistirse. En cuanto este lo empujó hacia el suelo, Seung-wan cayó de espaldas y su cuerpo fue aplastado. I-do hablaba en serio. Realmente tenía la intención de violarlo frente a Sa-yeong.
—No lo hagas. Esto es una locura, ugh, mmm.
El beso fue terriblemente profundo. El calor de I-do lo presionaba y, antes de eso, su aliento se infiltró en su garganta provocándole mareos. Las manos de Seung-wan, que intentaban empujar sus hombros, temblaban. Tras un largo beso, I-do se separó y sonrió mientras miraba a Seung-wan con calma.
—¿Acaso ha habido algo de lo que hacíamos que no fuera una locura?
Seung-wan no podía pensar en nada más que en que esto no podía suceder. Sin importar lo que tuviera que enfrentar después por rechazar a I-do, debía evitar a toda costa ser poseído frente a Sa-yeong.
Con la idea de al menos salir de ese lugar, Seung-wan retorció su cuerpo. Forcejeó y empujó a I-do, pero el cuerpo de este era como una roca; lo sujetó por los hombros y lo arrastró de nuevo bajo él. Al mismo tiempo, se escuchó un golpe sordo junto a su cabeza. Era el sonido de la gran mano de I-do apoyándose en el suelo. Seung-wan, con el cuerpo rígido de repente, abrió mucho los ojos.
—¿Acaso intentáis despertar al niño con vuestro forcejeo?
—¿Hablas…en serio?
—Si no tenéis intención de ser poseído frente a sus ojos, deteneos.
Tras decir esto, I-do mordió el cuello de Seung-wan como si mordiera una fruta. Poco después de sentir el dolor, la mano de I-do descendió con un propósito evidente.
Seung-wan, pensando que debía hacer lo que fuera, agarró los hombros de I-do.
—I-do…
Solo después de llamarlo suavemente por su nombre, I-do, que tenía el rostro enterrado, levantó la cabeza. Sus ojos dorados y afilados se dirigieron a Seung-wan. Los labios que recibieron esa mirada se movieron con dificultad para pronunciar una frase.
—Lo…lo haré con la boca…lo haré con la boca.
Seung-wan, pensando que el acto de I-do era puramente por deseo sexual, no tuvo más remedio que hablar así.
—…Ha.
Al ver a Seung-wan empujándolo vacilante, I-do tragó una risa seca y su furia internamente.
I-do nunca le había exigido el sexo oral a Seung-wan. Aunque Seung-wan lo había hecho por iniciativa propia varias veces para terminar rápido con el acto sexual, esta era solo la segunda vez que lo pedía de esta manera.
La primera fue el día antes de recibir hierbas medicinales del hospital real para preparar medicina para Ye-ha.
Entonces, ¿esta vez es por el niño?
Sin decir nada, I-do lo miró desde arriba, y Seung-wan extendió su mano hacia la parte inferior de él. Al ver el pene, tan grande como su propio antebrazo, hinchado firmemente y haciendo alarde de su majestuosidad, vaciló por un instante, pero no duró mucho. No había otra opción. Pensando que debía hacer algo mientras I-do detenía sus movimientos ante su tacto, bajó la ropa de este con manos temblorosas. Solo entonces la pesada masa de carne quedó cerca de sus labios.
—Huu…
Seung-wan sacó la lengua y, reprimiendo su rechazo interno, tomó la punta en su boca. Era tan grande que llenaba toda su cavidad bucal, volviéndose rápidamente agotador. Además, a pesar de intentar no hacer ruido, la saliva de Seung-wan comenzó a filtrarse, por lo que el sonido viscoso empezó a aumentar gradualmente.
—Aaah…
Para acallar los sonidos, Seung-wan tuvo que tragar una y otra vez la saliva mezclada con el líquido preseminal. De su boca abierta de forma redondeada escapaban ruidos que detestaba oír. Sin embargo, debía continuar con la misma tarea. Hasta que, en algún momento, la garganta le quedara empapada por la semilla de I-do.
—Aab… Uhh… Mm…
La imagen de Seung-wan frunciendo el entrecejo mientras movía la nuez de Adán de arriba abajo desgarraba la razón de I-do. Este, clavando la mirada en la silueta iluminada por la tenue lámpara, rechinó los dientes.
Sin darse cuenta, I-do agarró el pelo de Seung-wan y dejó escapar un pequeño quejido de dolor. No presionó con excesiva fuerza, pero la energía aplicada fue suficiente para que el pene atravesara rápidamente la boca y alcanzara la garganta.
—Aah… ¡Uuh…!
Al sentir los golpes continuos contra la campanilla, tuvo ganas de tener arcadas, pero las contuvo firmemente mientras aceptaba a I-do. Con la única idea de terminar rápido, sus dos manos también se movían afanosamente.
Mientras repetía el movimiento de arriba abajo o frotaba con la palma, Seung-wan no tuvo más remedio que darse cuenta, muy a su pesar, de que su propio cuerpo palpitaba. Entre sus piernas por mucho que intentara no ser consciente de ello, el calor subía.
—Mantened vuestra mirada en mí.
Seung-wan, que sin saberlo había juntado los muslos hacia adentro, quiso fingir que no había oído la exigencia de I-do. Mientras apresuraba la eyaculación con la parte suave bajo su lengua, intentó ignorar esa voz que, siendo ardiente, sonaba gélida.
—Si deseáis que termine pronto.
Pero ante esa frase, no tuvo más remedio que levantar la mirada. Aunque sentía el cuello hinchado y sufría, Seung-wan miró hacia arriba a I-do. Entonces, el calor que antes era tenue se volvió nítido y sintió un cosquilleo en el interior de su cuerpo.
—¡Ah…uuh, ugh…!
¿Acaso deseaba que, en lugar de en la boca, entrara en otro lugar?
Cuanto más lamía ese objeto empapado por su propia saliva, más pensaba en ello. Cada vez que rozaba la campanilla, sentía que su parte inferior se humedecía y se abría. Deseaba que, si la mano o la lengua de I-do no llegaban allí al menos él lamiera ampliamente el orificio con la lengua o lo penetrara con la punta afilada.
—Aah, uhh…
Seung-wan aceptó inconscientemente a I-do a mayor profundidad. Cuando el pene que embestía contra su garganta le dio una sensación punzante en el fondo, su parte inferior se estremeció. La idea de querer meter la polla de I-do no solo en su garganta, sino también en su orificio, crecía cada vez más.
Sa-yeong está al lado.
Había esperado todo el tiempo a que el niño abriera los ojos, pero la situación había cambiado. Al menos por esta noche, debía desear que esos ojos permanecieran cerrados.
—Ah, uuh…
Su cuerpo se encendía gradualmente. Tal pensamiento ni siquiera debería atreverse a entrar en su cabeza. Sin embargo, cuanto más se aferraba desesperadamente a I-do para terminar rápido, los pensamientos obscenos subían reptando junto con un leve escalofrío.
Continuó succionando a I-do mientras mantenía el contacto visual. Como lo hacía con prisa y sin destreza, no le importó que le escociera la garganta y tragó el glande más allá de la campanilla. I-do, viendo esa escena, dejó que Seung-wan hiciera lo que quisiera a pesar de que su mente siniestra se disparaba.
—…
Él era alguien cuya parte inferior se encendía con solo sentir el aliento de Seung-wan. Como la eyaculación no tardaría si no se contenía, Seung-wan tuvo que recibir en su boca el semen que se derramó sin previo aviso. Por reflejo agachó la cabeza para no tragarlo, pero tampoco pudo escupirlo. El semen se acumuló en el cuenco que formaba su lengua.
—Ah, uhh…
—…Quedaos así.
Viendo su interior rosado repleto de su semilla, I-do metió el pulgar para impedir que Seung-wan cerrara la boca. Tenía la intención de limpiarlo si lo dejaba derramar mientras lo observaba.
—¡…!
Fue entonces. Se escuchó un crujido detrás. Era el sonido de Sa-yeong revolviéndose levemente. Sa-yeong seguía durmiendo, pero Seung-wan, que no podía saberlo, terminó cerrando la boca por el susto. El semen que estaba acumulado en su boca fluyó íntegramente por el esófago.
—Uh, ugh…
Cuando el sabor metálico y nauseabundo subió, Seung-wan frunció el entrecejo por instinto e inclinó su cuerpo hacia un lado. Al no poder siquiera toser correctamente, se tapó la boca con el dorso de la mano, pero I-do le sujetó la muñeca. Fue una acción bastante brusca, pero Seung-wan no pudo decirle nada; las pupilas doradas seguían ardiendo.
—…Habéis tragado sin que os lo ordenara.
—Uh… Agh.
—Parece que no deseáis que Sa-yeong vea vuestro rostro sucio de semen.
Ese gesto desesperado por no ser descubierto por el niño fue suficiente para provocar, a la inversa, la ira de I-do. Seung-wan, dándose cuenta de que sus acciones habían sido contraproducentes, intentó esta vez huir de verdad. Era evidente lo que I-do, no satisfecho con el sexo oral, querría tomar a continuación.
—¡Ah…!
Seung-wan se acercó a la puerta casi reptando por el suelo. Sin embargo, la mano de I-do fue más rápida, atrapando el tobillo de Seung-wan como un halcón. La mano que intentaba alcanzar el pomo de la puerta cayó y arañó el suelo.
—Basta…no…aquí no.
Las palabras que intentaban continuar fueron aplastadas por los labios de I-do. A pesar de la resistencia de Seung-wan, I-do manipulaba su cuerpo con destreza, derribando fácilmente su figura encendida.
Amasó el pene con un tacto engañosamente placentero y lamió la Marca de las Alas, ante la cual Seung-wan no podía evitar reaccionar débilmente. Los alrededores de la marca roja se tiñeron de rosa en un instante.
—¡Ah, ah, uuh, mm…!
I-do, al ver que la punta del pene que tenía en su mano goteaba líquido preseminal, trasladó sus labios hacia el pezón de Seung-wan. Cuando el pezón atrapado entre sus incisivos fue ligeramente retorcido, Seung-wan cerró la boca apresuradamente. Sin embargo, no pudo evitar el sonido que vibraba en su garganta. Al resonar un quejido agudo en la habitación silenciosa, los ojos de Seung-wan se agrandaron.
—Rendíos, hyung.
—No, ah, ah, aquí no… ¡Por favor…!
—Será mejor que simplemente deseéis que el niño no despierte.
Sujetó la mandíbula de Seung-wan, que negaba con la cabeza. Al presionarle las mejillas y obligarle a abrir la boca, I-do presionó sus labios hacia abajo y persiguió con insistencia a un Seung-wan que intentaba evitarlo.
—No…ugh, mmm, no…ugh, uuub…ngh…
Era una escena extraña. Aquel que poseía a la fuerza parecía más angustiado que el que se resistía. A pesar de controlar incluso la respiración de Seung-wan mediante besos y caricias, I-do se aferraba a él con desesperación. Deseaba borrar todo lo demás de su mente y llenarla solo consigo mismo.
—…Después de todo, no debí permitir que tuvieras un hijo.
La voz baja de I-do, cargada de un calor febril, parecía desbordarse. Su tono, casi hirviente, cayó sobre la cabeza de Seung-wan.
—Cuando algo que no era yo se retorcía aquí dentro, debí haberlo aplastado hasta matarlo.
Fue su última resistencia. Seung-wan intentó apartar a I-do con una patada y levantarse. Sin embargo, su reacción ya estaba dentro de los cálculos de I-do.
Sus anchos hombros presionaron a Seung-wan. Girado y boca abajo, con los glúteos elevados, Seung-wan quedó indefenso ante las manos brutas que apartaban su ropa. Antes de que siquiera un dedo pudiera tocarlo, el glande rozó primero la entrada. Frotó una vez de abajo hacia arriba, desde el perineo hasta el cóccix, y luego embistió de golpe hacia el interior.
—He, hegh, hugh…mmm… ¡Ugh!
Aunque Seung-wan había llegado a sentir dolor por el exceso de placer en el pasado, el dolor físico por el acto sexual en sí era algo que creía olvidado. Pero desde el fondo, donde I-do estaba profundamente enterrado, surgió una sensación de ardor. No solo en el punto de unión, sino como si todo su cuerpo se partiera en dos. En medio de eso, I-do movió su cuerpo. A pesar de que la penetración le dolía, el cuerpo de Seung-wan expulsaba fluidos fielmente y se empapaba.
—Ah, duele, ahh, ugh…mmm…
No debo hacer ruido. No debo hacer ruido bajo ninguna circunstancia.
Seung-wan intentó aguantar conteniendo el aliento, pero desde que I-do entró más de la mitad, ya no podía ni morderse el dorso de la mano. La mano de I-do, acercándose por detrás, sujetó su mandíbula y su cuello, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. Los sonidos que no pudo bloquear fluyeron sin filtro.
—Huu, ah-ugh, hugh…ugh, mmm.
En el interior, la polla de I-do golpeaba una y otra vez el mismo lugar. Aunque solo repetía embestidas simples, el dolor desapareció como por arte de magia, aplastado por el placer. El placer que floreció lentamente pronto hizo que su bajo vientre ardiera.
—Uuuuu, huu, ngh, ¡haaa…!
—Ni siquiera os he tocado la parte delantera y ya estáis así de empapado… Está tan estrecho, pero no sabéis lo inundado que ha quedado el orificio.
Seung-wan sacudió la cabeza, aunque apenas podía oír la voz de I-do. Aun así, encogió su cuerpo e intentó pegar el pecho al suelo.
La otra mano de I-do se dirigía hacia el pecho de Seung-wan. Tras juguetear y rodear la protuberancia roja erguida, la presionó con firmeza, y un placer denso atravesó su piel. Al mismo tiempo, el cosquilleo hizo que Seung-wan deseara aún más el tacto de I-do.
—Hugh, mmm, ah. Haa…
Al tocar su pecho y la marca, las paredes internas, que ya estaban apretadas, envolvieron a I-do de forma aún más suave. El punto de unión, que se había puesto rojo de una manera casi lastimera, brillaba por los fluidos. Además, a pesar de que su pecho era ultrajado con brusquedad, el cuerpo de Seung-wan solo conocía el deleite.
—Ha, huuuu, mmm, hugh, ah, ¡ah-huuuu-ngh!
Los labios de I-do recorrieron su columna vertebral, donde el sudor frío se acumulaba en la parte superior. Aunque bajo el cuello sus movimientos eran feroces, sus labios eran increíblemente dulces. Desde la nuca de Seung-wan, donde estaba grabada la marca, hasta detrás de las orejas y luego la oreja entera, todo entró en los labios de I-do.
Cuando el sonido viscoso que provenía del orificio llegó directamente a sus oídos, Seung-wan sintió que iba a volverse loco. El hecho de estar en una postura poco habitual también hacía difícil contener los gemidos.
Si hubiera estado frente a I-do, al menos no habría visto a Sa-yeong, pero en esta posición, el niño era demasiado visible. Seung-wan no podía cerrar los ojos, ni tampoco aguantar mucho tiempo con ellos abiertos. Cada vez que I-do, a sus espaldas, presionaba un punto específico dentro de su cuerpo, Seung-wan se quejaba profundamente. No era solo la penetración; su propio pene erecto se frotaba contra el suelo.
Comparado con la sensación que venía de atrás era mínima, pero en una situación donde su mente se ponía en blanco por los embates internos, incluso ese pequeño estímulo se multiplicaba.
—Ha…ah-ugh, hugh…mmm, ngh, ah…
No quería recordarlo, pero Seung-wan evocó naturalmente la mirada de I-do. Al pensar en I-do, quien seguramente lo estaría mirando fijamente, el calor bullía bajo su piel y su pecho palpitaba. Era porque él lo poseía sin apartar la vista ni un solo segundo.
Además, al enfrentarse a ese cuerpo robusto y bien formado, surgía una excitación inevitable. Su cuerpo deseaba a I-do en todo momento. El sonido lascivo que escapaba de entre sus labios provocaba en Seung-wan una sensación de euforia. Por supuesto, también en I-do.
—Ah-uuu, mmm, ha-ugh-
Parecía que su larga polla salía del cuerpo, pero con la parte más gruesa del glande enganchada en la entrada, I-do giró el cuerpo de Seung-wan de lado. Con la pierna derecha de Seung-wan apoyada sobre su hombro, I-do insertó profundamente. Su vientre delgado se sacudía. Cada vez que golpeaba el punto máximo, el contorno del pene dentro de su cuerpo se volvía nítido.
—Ha, ¡aaaaa! Uuh, huaa, ngh, ¡uuuugh!
—…
—Esto, basta, basta, I-do… basta… ¡Ah…!
No era que intentara calmarlo. Las palabras que soltó inconscientemente para escapar de la situación se dispersaron con dulzura. Solo entonces los torsos de ambos se unieron.
Seung-wan, estirando los brazos hacia adelante, jadeó mientras abrazaba a I-do. El temblor que recorría su cuerpo se transmitió íntegramente a I-do, alterando incluso su respiración.
Ambos intentaron calmarse entrelazando sus cuerpos templados, pero fue imposible. Al estar tan cerca el uno del otro, la excitación también estaba a flor de piel. El mareo era tal que Seung-wan sacudió la cabeza.
—Hyung.
El interior empapado mordió su miembro con fuerza y no lo soltó. No solo abajo, sino también arriba. Seung-wan, abriendo la boca primero, aceptó con gusto la lengua de I-do. Tras entrelazarse, la lengua entró rozando el paladar e incluso le insufló el aliento.
En medio de eso, Seung-wan hizo algo que ni él mismo podía comprender. ¿Acaso fue para evitar el beso de I-do, que parecía entrar cada vez más profundo en su ser? Cuando hubo una pequeña distancia entre ellos, Seung-wan se tapó los labios con el dorso de la mano mientras temblaba. Casualmente, era el lugar que se había cortado repetidamente con el cuchillo para dar su sangre a Sa-yeong.
I-do, al ver el lugar donde, a pesar del Agua Bendita, quedaba un rastro tenue, movió levemente los labios.
—…Hyung.
—Ngh, ugh… ¡Ah! Huu, mmm, I-do…ah… ¡Uuh ngh!
—Seung-wan hyung. Hyung…
—Hiee…mmm, mmm, hugh, aaaa…huu, ha-ugh.
Repitiendo su nombre como si estuviera hechizado, I-do besó la muñeca de Seung-wan. Al sentir los labios de I-do sobre la herida que apenas comenzaba a sanar, Seung-wan sintió un cosquilleo que llegaba hasta lo más profundo de su piel.
Seung-wan se retorció tarde para escapar de esa sensación, pero I-do fue persistente. Jamás lo dejaría ir. Clavó sus dientes y luego lamió largamente con su lengua, tanteando el lugar donde habían estado las heridas. Al mismo tiempo, abajo, embestía una y otra vez, golpeando profundamente. El gemido nasal de Seung-wan se filtró débilmente.
—Hgh…ah…
Un calor familiar floreció, provocando una sensación que parecía apuñalarle hasta el corazón. Era agonizante. De placer. Tan placentero que quería entregárselo todo a I-do.
—…No lo hagas. Ah.
Por eso, murmuró sin querer e intentó esconder su muñeca. Aun así, I-do la besó. Una vez. Y luego otra vez. Seung-wan terminó temblando ante un escalofrío desconocido.
—Basta…por favor, detente. Ya no, no pue-
—No me detendré.
La lluvia de besos constantes sobre el lugar de las heridas llevó el cuerpo de Seung-wan hacia el clímax. A duras penas logró contener un grito fuerte, pero sentía la cabeza aturdida.
—…No voy a parar.
Seung-wan, que sollozaba con la boca cerrada, jadeaba ante el aliento de I-do, que besaba cada rincón de su rostro. Lo que él le daba no era agua, pero Seung-wan sufría de una sed abrasadora.
Solo después de que I-do uniera sus labios al ver los de Seung-wan entreabiertos, su sed se alivió.
—Ah. Uuub…huu… ¡Mmm!
Sentía que los sonidos incontenibles iban a estallar. Seung-wan atrajo la mano de I-do, que estaba cerca de sus labios, para taparse la boca. Con cada embestida de él, su vientre retumbaba. Y los latidos de su corazón, cada vez más fuertes, se extendían por todo su cuerpo.
—¡Ngh, hugh…!
Seung-wan, que miraba ansiosamente a su lado por miedo a que el niño despertara, cerró los ojos con fuerza. Si desviaba su mirada a otro lado, I-do se volvía aún más brusco. Al final, la mirada de Seung-wan solo podía dirigirse a I-do.
—Hagh, huuuu…ah…ah…
I-do, que lo acosaba sin piedad pegando sus cuerpos, cambió de postura y le agarró los tobillos. Clavaba su peso de arriba hacia abajo. Sus dos manos firmes no se diferenciaban mucho de unos grilletes en los pies, por lo que Seung-wan, que soltaba alientos febriles, sintió miedo. No había lugar donde huir. Al sentir que solo debía aceptar a I-do, fue como si tuviera un precipicio a sus espaldas. Su cuerpo ya estaba cayendo hacia el vacío.
—I-do, I-do, por favor, hgh, hugh… Sa-yeong… hugh, mmm…
—Sí, nuestro hijo está aquí.
—Ah…ha, ah, no…ngh, ugh, huaa.
—Por eso…lo estoy haciendo.
—¡Hagh, huu…uuub!
—¿No lo sabíais…? Que yo quería violar a hyung justo delante de Sa-yeong.
Su cuerpo se derritió por completo. Seung-wan, que al principio estaba ocupado empujando a I-do, se esforzó por contener los sonidos a medida que pasaba el tiempo. No podía empujarlo. Se repetía internamente que lo atraía solo para terminar rápido.
—Ah, ah, huuuugh, ¡ngh…! Mmm…hagh, ngh, ngh, uuub…
La liberación estaba cerca. Pero la liberación también significaba ser encadenado una vez más. Seung-wan miraba a I-do, quien lo devoraba con la mirada, mientras jadeaba ante las secuelas del clímax que envolvía todo su cuerpo. Su mirada lo masticaba. Ante él, no podía ocultar ni un solo rincón.
—I-do.
Envuelto en el éxtasis, Seung-wan sollozó lleno de angustia. En su interior hervían todo tipo de palabras. Para. No pares. Los sonidos internos que resonaban junto con los latidos de su corazón se extendían alternativamente por todo su cuerpo.
Seung-wan estiró las manos hacia adelante a tientas para atraer a I-do y, sin darse cuenta, miró a Sa-yeong.
—¡Ah, ah…!
Justo cuando confirmó vagamente que no había despertado, I-do cubrió los ojos de Seung-wan con la palma de su mano y se enterró a sí mismo en el lugar más profundo y caliente. En la oscuridad total, solo los sentidos se volvieron nítidos. Se movía violentamente, hurgando en un solo punto.
—Mmm, uuuuu, hugh, ngh…ha, ngh…
I-do conocía el cuerpo de Seung-wan mejor que él mismo. Y era evidente qué reacción intentaba provocar en su cuerpo. Una sensación similar a las ganas de orinar envolvió punzantemente el glande. Aunque su cuerpo encendido deseaba fervientemente la liberación, quería evitar eso a toda costa aquí. No podría amortiguar ni un poco el sonido, y menos delante de Sa-yeong…
—Hah, huuuub.
Seung-wan se agarró a los hombros de I-do. I-do también se dio cuenta de que era una expresión indirecta de rechazo.
—¡…!
Al momento siguiente, el miembro de I-do salió de su interior. Seung-wan se desconcertó ante lo inesperado, pero retorció su cuerpo rápidamente. Entonces, su cintura fue sujetada y su cuerpo fue incorporado. De repente, Seung-wan quedó completamente apoyado de espaldas contra I-do, y sus piernas fueron abiertas hacia los lados. Seung-wan se horrorizó al quedar con su sexo expuesto hacia donde estaba Sa-yeong.
—I-do, tú… ¿ah…?!—
I-do tenía la intención de hacer esto desde el principio.
—Antes fue frente al espejo.—
—Loco… ¡hu, huaak!—
—Esta vez es frente a nuestro hijo.
—Uuu, ugh, hiee… uuuuu, ah…ah…
La distancia con Sa-yeong era de menos de tres metros. Seung-wan, sin importarle el ruido, golpeó las manos de I-do que sujetaban y abrían sus muslos e intentó escapar. Aunque no podía gritar, su forcejeo fue más intenso que nunca.
Y tuvo éxito a medias. Porque una de las manos de I-do soltó el muslo de Seung-wan por un momento.
—Hiee…ah, ¡huuugh!
Pero no podía hacer nada contra el miembro que embestía desde abajo. Seung-wan, que estaba inferior fue atravesada por el miembro de I-do, que tenía un grosor similar al de su propia muñeca. Una sensación de eyaculación inminente hirvió en su vientre.
Mientras sus pies, que colgaban en el aire, se encogían y temblaban violentamente una y otra vez, I-do continuaba embistiendo a Seung-wan hacia arriba.
—Mmm, huaaa, ha, haak, kku… mmm, huu, uuuuu… hugh… ¡ah, ah-hugh! Haa…
Abrió la boca como si se le fuera a desencajar la mandíbula. Los gemidos brotaron sin filtro y los fluidos que Seung-wan expulsó salieron disparados hacia adelante.
Aunque los fluidos saltaron en todas direcciones, no estaban a una distancia suficiente para alcanzar a Sa-yeong; sin embargo, Seung-wan sintió que la cabeza le daba vueltas al recordar aquella vez frente al espejo en la que había orinado involuntariamente. Si no perdía el conocimiento, era solo porque I-do no se lo permitía.
—Huuu, hie… uuu…ngh
I-do se abrió paso entre las piernas de Seung-wan, quien temblaba violentamente tras haber eyaculado de forma casi incontinente. Las manos de Seung-wan, que ya no tenían fuerzas para resistirse, arañaron débilmente los hombros de I-do dejando pequeñas marcas, pero eso fue todo.
Instalado entre los muslos empapados, I-do no dudó en succionar el orificio entero mientras mantenía los glúteos separados. La entrada, hinchada por el castigo, desapareció entre los labios de I-do. Luego, tal como Seung-wan lo había mirado con los ojos entreabiertos mientras le practicaba sexo oral, I-do obligó a Seung-wan a levantar la cadera y pasó su lengua repetidamente entre las nalgas elevadas.
Al ser succionado con fuerza en el lugar que antes había estado lleno, una onda de espasmos recorrió su cuerpo. Seung-wan abrió la boca de par en par y gimió desesperado. Después de eso, I-do lamió meticulosamente incluso el miembro y los muslos, recogiendo finalmente el semen de Seung-wan con su propia boca.
—…Loco…bastardo…
Ante los ojos de Seung-wan, el líquido diluido fluyó por la garganta de I-do. Al ver su nuez de Adán moviéndose de arriba abajo, Seung-wan intentó decir algo más, pero sus piernas volvieron a entrelazarse y el placer bloqueó sus palabras.
Con la razón hecha jirones, Seung-wan ya no podía pensar. Sus cuerpos se unieron en uno solo.
—Haa, ah, ha… ¡Ugh!
Tener relaciones frente a Sa-yeong.
—Mmm, huu… ¡Ugh…!
Mezclar su cuerpo con el de I-do.
—Ah…huu, bien, qué bien, ah, uuuugh, mmm.
—Hyung… Seung-wan hyung…
Otra vez.
Hasta que todo lo que los rodeaba se borró.
—Cualquier parte que succione sabe dulce.
—Huu, haaa…haaa… ¡Agh!
—…Vuestro cuerpo…y vuestros fluidos, son extremadamente dulces.
—Ah, ah, huaa…mmm, huuuu, basta.
—Por más que succione…por más que lama…no os derretís ni desaparecéis. ¿Cómo podéis ser tan empalagoso, hyung?
Mientras decía eso, I-do enterraba sus labios en algún lugar de su cuerpo, pero Seung-wan sentía tal palpitación por las secuelas en todo su ser que no podía distinguir qué parte estaba siendo devorada.
Seung-wan abría y cerraba sus pesados párpados mientras soltaba alientos febriles. Sus cuerpos estaban tan enredados que no podía saber qué extremidad pertenecía a quién. El placer incesante había desmoronado su juicio, y en ese instante en que no podía discernir ni lo más básico, Seung-wan no era capaz de ver a nadie más que a I-do. Todo el mundo estaba borroso, como si el deleite lo hubiera dejado ciego.
¿Era esto lo que I-do deseaba? Aunque quería preguntarlo, los labios de Seung-wan habían perdido el lenguaje humano y solo estaban ocupados dejando escapar gemidos. Los sonidos, que apenas salían eran atrapados por la boca de I-do, vagaban únicamente entre los labios de ambos.
***
—¡…!
Un destello de luz blanca atravesó su visión oscura. Seung-wan, al despertar del sueño, inhaló profundamente con un sobresalto.
El incienso que ardía en la habitación era denso, por lo que supo que se encontraba en los aposentos de Sa-yeong incluso antes de mirar a su alrededor. Pero, ¿y Sa-yeong?
Intentó incorporarse apresuradamente y vio que estaba sobre un lecho de seda, con Sa-yeong recostado a poca distancia. El rostro del niño tenía un color notablemente mejor que la última vez que lo vio.
—…
Seung-wan se acercó casi reptando hacia Sa-yeong y comprobó que el niño respiraba. La diferencia con el día anterior era evidente; su respiración parecía mucho más tranquila.
—Yeong. Yeong.
Aun así, preocupado, lo acarició durante un buen rato hasta que los párpados del niño temblaron. Seung-wan lo tomó en brazos con urgencia. Tras llamarlo por su nombre un par de veces, los ojos rojos aparecieron lentamente. Al encontrarse con esas pupilas que parecían joyas, Seung-wan sintió ganas de gritar de alegría.
—Sa-yeong, ¿por fin has recobrado el sentido? Mírame.
—Madre…
La mirada de Sa-yeong no lograba fijarse en un solo punto y vagaba de un lado a otro, pero reconocía con claridad a Seung-wan. Cuando este le vertió agua con cuidado en la boca, el niño la aceptó y bebió bien.
Solo con eso, Seung-wan se sintió inmensamente feliz; besó repetidamente las mejillas del niño y ordenó a Jae-rim que preparara medicina y gachas de arroz. Sa-yeong, que vació dos cuencos de agua seguidos, parecía tener mucha hambre y comió bien las gachas.
—Madre, este hijo está bien.
La mirada preocupada de Seung-wan se clavaba en sus mejillas. Sa-yeong detuvo su mano justo cuando iba a llevarse la cuchara a la boca. Sus ojos, curvados en forma de media luna, se dirigieron a Seung-wan.
—Ya no me duele. Me siento un poco lánguido, pero… ¿habéis estado a mi lado todo el tiempo?
—Por supuesto. Claro que sí. He estado a tu lado constantemente. No me he ido a ninguna parte.
Aliviado por esas palabras, Sa-yeong sonrió levemente. Luego, tal como deseaba Seung-wan, terminó de vaciar el cuenco de gachas.
El médico real, que llegó en ese momento, le tomó el pulso y anunció que el cuerpo de Sa-yeong había mejorado mucho, alabando la benevolencia de la Emperatriz, pero Seung-wan no lo escuchaba. Al ver el rostro sonriente de Sa-yeong, el dolor que sintió al cortarse la piel desapareció de su memoria sin dejar rastro.
—El semblante de mi Madre Real no es bueno. Como este hijo ya está mejor, madre debería-
—Yo estoy bien. Tú has mejorado tanto… todo está bien.
Aun así, temiendo que el niño pudiera volver a vomitar sangre y desplomarse en sus brazos de repente, Seung-wan lo acarició una y otra vez. A diferencia de antes, sentir las mejillas cálidas bajo sus dedos le daba paz mental.
Tras despedir al médico, madre e hijo, a solas, compartieron una charla después de mucho tiempo. Aunque más que una charla, era Seung-wan contándole diversas historias a Sa-yeong, quien sentía curiosidad por lo que había pasado mientras dormía. Entonces, de repente, Sa-yeong recordó algo.
—Ah, Madre Real. Parece que este hijo estaba realmente muy enfermo.
—¿Eh?
—Escuché un sonido extraño en mis sueños.
—¿Un sonido extraño?
¿Acaso habría surgido algún problema en otro lugar? Seung-wan estiró la mano preocupado de que Sa-yeong sufriera secuelas, como suele ocurrirles a quienes pasan por fiebres altas. Sin embargo, esa mano se quedó helada al instante.
—Es algo absurdo, pero… mi Padre Real, llamó a mi madre hyung. Realmente debí estar muy enfermo.
—…
—Es muy gracioso, ¿verdad?
El rostro de Seung-wan se puso pálido como el de un muerto, pero Sa-yeong mantenía una expresión inocente en su cara aún convaleciente. Pensaba que su Madre Real se reiría con su pequeña broma. Sin embargo, Seung-wan no pudo reír, y Sa-yeong, que sonreía radiantemente, se dio cuenta tarde del ambiente.
—…Madre Real, la broma de este hijo ha sido excesiva.
Toda la sangre del cuerpo de Seung-wan pareció secarse. La voz de Sa-yeong resonaba en sus oídos como un zumbido constante.
—¿Madre Real?
¿Qué acababa de decir Sa-yeong? Seung-wan se preguntó a sí mismo y reprodujo íntegramente en su memoria la voz grabada del niño.
'—Mi Padre Real, llamó a mi madre hyung.'
Había sido justo al lado de Sa-yeong. Cuando estaba atrapado en ese abrazo, ¿cuántas veces le dijo I-do hyung?
Echando la vista atrás, no solo lo llamó Hyung. También repitió su nombre. Hyung, Seung-wan hyung; pensó que era una voz que se derramaba únicamente en su oído, en un susurro íntimo.
No, no podía ser. Lo había llamado así una y otra vez...
En la cabeza de Seung-wan, la voz de Sa-yeong y la de I-do se alternaban incesantemente. Mi Padre Real llamó a mi madre hyung. Hyung. Seung-wan hyung. Seung-wan hyung... Mi padre... a mi madre...
—Ha, haaa.
Los registros sobre Gyo Seung-wan en la historia habrían desaparecido por completo. Aunque hubiera quienes lo supieran, nadie se atrevería a mencionarlo. Mientras I-do... estuviera vivo.
¿Pero qué pasaría cuando Sa-yeong ascendiera al trono? Si en ese momento intentara investigar la verdad, ¿cómo podría detenerlo? Aún quedaban parientes consanguíneos con vida, y también estaban aquellos que habían visto su rostro durante la ceremonia de investidura.
—¿Madre Real...? ¡Madre!
Seung-wan rechazó la mano que se acercaba y se levantó tambaleándose. Sus pupilas azules temblaban peligrosamente. Acto seguido, huyó del hijo al que hasta hace un momento protegía como a un tesoro y salió corriendo hacia el exterior.
Raw: Elit.
Traducción: Ruth Meira.
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