Infierno v4 1
Parte 3: El vínculo de los hermanos.
La noche de bodas.
Dentro se oyó el sonido de varias botellas de alcohol rompiéndose. También se escucharon objetos siendo destrozados. Poco después, el Príncipe Heredero, ebrio, gritó con furia llamando a un sirviente. Era una orden para que trajeran más alcohol.
Como era de esperar, no había nadie capaz de detener al Príncipe Heredero. En situaciones normales, su confidente Ye-ha habría intentado calmar a su señor de alguna manera, pero para su mala suerte, Ye-ha se encontraba fuera del palacio de verano debido a un recado que Seung-wan le había encomendado.
Los sirvientes temblaban de miedo. Había pasado ya una hora. La ira de Seung-wan, lejos de aplacarse, no hacía más que hervir con más fuerza.
Hasta la tarde, Seung-wan había mostrado una sonrisa en todo su rostro. En la cacería donde participaron todos los hijos del Emperador, tuvo la suerte de atrapar un ciervo blanco y, antes de ir al coto, había logrado lanzar un contraataque certero contra la Emperatriz Viuda. Sobre todo, hoy era el día en que, después de mucho tiempo, iba a pasar la noche con el Padre Real. Sin embargo, la Consorte Imperial Hwang….
Al pensar en ello, Seung-wan chirrió los dientes con fuerza. Solo evocar brevemente aquel rostro que parecía enfermizo hacía que se le revolvieran las entrañas.
La mitad de las concubinas se unieron a la cacería, mientras que la otra mitad se dirigió al santuario para ofrecer oraciones. En esa procesión también estaba incluida la Consorte Imperial, quien, a pesar de tener un cuerpo débil, se empeñó en ir para terminar causando este desastre. Desde el santuario llegó un mensaje urgente. Que la Consorte Imperial estaba gravemente enferma y que el Emperador debía velar por ella. Habría bastado con enviar a I-do, pero la Emperatriz Viuda, que había ido con la Consorte Imperial, llamó al Emperador.
De todos modos, la relación entre el Emperador y la Consorte Imperial, que se trataban mutuamente con cortesía, no iba a mejorar, y con ese cuerpo enfermizo ella no podría concebir un hijo. El objetivo era obvio. Intentar de cualquier forma meter a la Consorte Imperial en el puesto vacante de Emperatriz. La Emperatriz Viuda deseaba que la Consorte se convirtiera en la esposa principal para que, más tarde, ascendiera al puesto de Emperatriz Viuda.
Tanto desea estorbarme el paso. Maldita anciana.
A pesar de que su relación con el Padre Real se había deteriorado por mencionar ese tema cada vez que tenía oportunidad, ella no se rendía. Seung-wan, furioso, vertió el alcohol en su interior sin control. Cuando la botella se vaciaba, la arrojaba contra la pared, y también tiró violentamente los adornos de su pelo recogido. Los sirvientes se sobresaltaron ante el ruido. Sus manos temblaban ante la idea de que en cualquier momento pediría más alcohol.
—¿A-aún no ha llegado el alcohol?
—Os pido perdón. Llega hasta el pueblo toma bastante tiempo y-
—Qué vamos a hacer…
La dama de compañía zapateaba con ansiedad. En ese momento, las puertas del palacio de verano se abrieron y un grupo de personas entró caminando. La noche era profunda y los alrededores estaban oscuros, pero la dama de compañía reconoció al oponente de inmediato y mostró sus respetos. Era el segundo príncipe, Gyo I-do, hijo de la Consorte Imperial. A su lado estaban los sirvientes que habían sido enviados al pueblo.
—¿Le sucede algo a hyung?
Al preguntar mientras detenía a los sirvientes que corrían cargados de alcohol, escuchó que era para entregárselo al Príncipe Heredero. Era sumamente raro que Seung-wan bebiera, por lo que I-do se sintió extrañado. Por ello decidió seguirles, pero el ruido que se escuchaba incluso antes de entrar era bastante escandaloso. Parecía que, borracho, estaba haciendo estragos por su cuenta.
—…
Si sigue así, se va a lastimar.
Tras dudarlo, I-do entró, aun sabiendo que Seung-wan se sentiría peor en cuanto lo viera. Parecía estar tan ebrio que pensó que sería mejor darle alguna medicina y hacerlo dormir.
Tras recibir una medicina adecuada de su confidente A-seo, I-do ordenó a los alrededores que se retiraran y abrió la puerta.
—¿Quién es?
Seung-wan, que normalmente era la pulcritud personificada, estaba completamente desaliñado, sentado en el suelo y no en su asiento, resoplando con furia.
—Está borracho.
I-do, quien perdió el habla por un momento ante la extraña escena, se acercó. Los alrededores eran un caos total. Botellas de alcohol rotas, copas destrozadas. En medio del desorden que él mismo había creado, la limpieza de Seung-wan, ataviado con ropajes inusualmente lujosos, era una contradicción. Cargando con pesados adornos como si no pesaran nada.
Como fuera, pensó que si dejaba así a alguien ebrio se lastimaría, así que intentó cargarlo para acostarlo en el lecho. Al extender sus brazos, recibió un golpe feroz. Fue un impacto fuerte, pero para I-do no fue gran cosa.
Gritando que era un insolente, Seung-wan de pronto dijo que se sentía sofocado y desató los lazos de su ropa en sus propios brazos. Solo quedaron al descubierto un poco de su nuca y su pecho, pero ese lugar estaba densamente cubierto de marcas de besos.
Sin duda serían las que el Padre Real dejó la noche anterior. Tras dejar tales marcas, se fue a pasar la noche con otra persona. Era comprensible que Seung-wan estuviera furioso. I-do, en silencio, acostó a Seung-wan en el lecho. Por suerte, había una tetera cerca.
—¿...Quién eres tú?
Al parecer, no era capaz de reconocer su rostro. Entornando los ojos y golpeando el suelo con el pie varias veces, Seung-wan frunció el rostro como un niño pequeño. I-do dejó de servir el té y observó a Seung-wan. El Seung-wan de doce o trece años era exactamente así. No ocultaba sus emociones y las mostraba en su rostro, y sus expresiones eran simplemente variadas.
Como al envejecer solo mostraba expresiones refinadas, I-do sintió una extraña nostalgia. Al llegar a la edad adulta, ¿acaso no fingía una sonrisa con facilidad incluso al verle a él, a quien odiaba ver?
Sin embargo, no tuvo tiempo para contemplarlo mucho. Seung-wan le cruzó la cara a I-do de un bofetón. Chispas saltaron de sus ojos, que ni siquiera había cerrado.
—Te atreves.
¿Acaso me está confundiendo con un siervo? Tras abofetearlo, esta vez le sujetó la mandíbula y lo sacudió.
—…
Someterlo por la fuerza no era difícil, pero si se quedaba así, podía observar a su antojo a Seung-wan, quien por fin se había quitado su caparazón después de mucho tiempo. Siendo así, podía entregar su mejilla con gusto.
I-do dejó que Seung-wan manipulara su cuerpo a su antojo. Tocándole la mejilla, acercando su mano para clavarle los dientes y morderlo era indudablemente el estado de un borracho. Estando así de ebrio, no recordaría lo que hizo ni siquiera al llegar la mañana.
—¿Por qué no reaccionas? ¿Acaso eres una piedra?
Seung-wan, que sacudía a I-do agarrándolo del pelo, intentó morderlo de nuevo pero se detuvo. Las comisuras de sus labios, que no podía controlar debido a la embriaguez, se torcieron. El alcohol derribó el muro entre el pensamiento y la acción. Seung-wan, alejado de la razón, simplemente hacía sin dudar lo que se le antojaba. Por eso, tiró y desgarró los lazos de la ropa de I-do, quien a sus ojos parecía un siervo.
—¡…!
Solo cuando el hombre que parecía una piedra mostró una mínima reacción, Seung-wan soltó una risita. En las travesuras, lo divertido era que hubiera una respuesta. Al abrir las solapas de su ropa hacia ambos lados, I-do, muy desconcertado, sujetó ambas manos de Seung-wan. En el instante en que iba a decir hyung, sus labios fueron mordidos. No se podía llamar a eso un beso.
—Cállate. Cierra la boca.
Y entonces, lo sujetó del cuello. I-do, presionado contra el lecho por el desconcierto, no tuvo más remedio que dejar que Seung-wan hiciera lo que quisiera. Habría sido más fácil lidiar con ello si tuviera una espada en la mano, pero para I-do, que nunca en su vida había tenido contacto sexual con otra persona, esto le resultaba totalmente desconcertante.
Seung-wan desnudó a I-do a su antojo. Entonces, como si le gustara mucho el cuerpo sólido revelado bajo la luz, lo tocó y lo manoseó por todas partes.
La primera experiencia de Seung-wan fue con un hombre, y desde entonces siempre había mantenido relaciones con hombres. Por ello, su cuerpo estaba más acostumbrado a las relaciones con hombres que con mujeres. Además, Seung-wan también era humano y no es que careciera de deseo por completo. Sin embargo, odiaba profundamente mostrar una imagen desordenada ante el Padre Real, y le era imposible buscar satisfacción en otro lugar.
El Emperador no permitió a Seung-wan tener una princesa heredera y, aunque le daba libertad, siempre lo vigilaba estrictamente. No es que lo tuviera encerrado en el palacio de las concubinas, pero Seung-wan era joven, hermoso y estaba en su plenitud. Aunque nunca lo dijo, el padre temía que su hijo metiera a alguien más en su dormitorio.
Bajo esa vigilancia, Seung-wan no se arriesgaba innecesariamente. No podía arruinar el esfuerzo acumulado por un simple momento de lujuria. Bastaba con aguantar y calmar el cuerpo. Meter a otro hombre en su lecho era algo posible solo en sueños. Seung-wan ni siquiera había expresado sus deseos en voz alta.
—Me gusta bastante.
Así que esto, sin duda, debe ser un sueño, ¿verdad?
Seung-wan, profundamente ebrio, no podía distinguir entre la realidad y el sueño, su razón estaba completamente desmoronada y ni siquiera reconocía el rostro de I-do. Era natural, ya que I-do no solía poner esa expresión. Seung-wan, sujetando la mejilla de I-do, quien no sabía qué hacer por el desconcierto y tenía el rostro enrojecido, soltó una carcajada.
—Tu cara me desagrada.
Tras decir eso, Seung-wan le dio una bofetada y, tras tocar la mejilla enrojecida de I-do, de repente lo besó. No, era más bien como si uniera sus labios y los mordisqueara. I-do, ante tal acto, solo pudo abrir mucho los ojos por la sorpresa.
Seung-wan actuó como si I-do fuera un objeto que podía manejar a su antojo, haciendo todo lo que había deseado. Para cuando sus labios se separaron, los de I-do estaban llenos de heridas por los mordiscos. Sin embargo, no tuvo tiempo de concentrarse en el dolor punzante. Seung-wan tanteó directamente su entrepierna. Sudor frío brotó ante aquello que le ocurría por primera vez en la vida.
—Qué es esto.
—…
—Es innecesariamente grande.
… Al ser señalado por Seung-wan sobre algo en lo que jamás se había fijado, su rostro ardió. Mientras I-do no podía articular palabra, Seung-wan apreujó su pene con la mano como si fuera un juguete.
Aunque eran caricias juguetonas, I-do apenas podía soportar ser estimulado de forma tan directa. Seung-wan, pese a tener un rostro malhumorado, vertió una gran cantidad de aceite aromático sobre el de I-do y frotó aquel pene que, incluso sujetándolo con ambas manos, sobresalía bastante por la parte superior.
Hasta ese momento, I-do seguía pensando que era imposible. Había presenciado varias veces lo que el Padre Real y Seung-wan hacían, pero no tenía margen para pensar en ello.
—¡Hyung…!
—Ah, hgh, haah…ah…
Todo sucedió en un instante. Seung-wan, sentado sobre sus muslos con las piernas abiertas, extendió su mano hacia atrás, pareciendo abrir su propio interior.
En el momento en que casi sujeta a Seung-wan sin darse cuenta, la parte profundamente empapada de abajo entró en contacto. La sensación de la estrecha pared interna envolviendo el pene sin dejar un solo hueco fue vertiginosa. Seung-wan, bajando las caderas lentamente, sonrió como un gato satisfecho y sujetó los hombros de I-do, usándolos como apoyo mientras movía la cintura.
—Deberías estar agradecido. Alguien de clase baja…como tú.
—Hgh, h-hee-
I-do, apretando los dientes con urgencia, apenas podía contener los gemidos. Mientras lo mordía con fuerza con su carne interna, él se mecía como una brisa primaveral. A pesar de ser alguien de cuerpo sólido y complexión robusta, aunque nadie pudiera igualar su belleza, sus movimientos eran casi lascivos.
Era tal el mareo provocado por ese cuerpo que se agitaba encima, que parecía que toda la castidad mostrada ante el Padre Real hubiera sido una mentira.
—Uuuh…ngh…mmp.
Su respiración se agitaba, pero el movimiento de Seung-wan era demasiado lento. Habría sido mejor si se moviera rápido. Al tragarse lo suyo y bajar lentamente para luego volver a subir repetidas veces, sentía como si la forma interna se dibujara con nitidez. La entrada estrecha y rígida, e incluso las pequeñas protuberancias que había dentro.
—Aah…hgh, h-huu…ngh…
—Hgh, ngh, n-ngh…!
Sentía que el interior de su cuerpo lo succionaría sin fin, pero como no le permitía entrar más, la desesperación crecía. Sonidos que hervían en su garganta se filtraban entre sus dientes apretados. Pero no pudieron prolongarse mucho.
—¡…!
Al instante siguiente de soltar un gemido un poco más alto, a I-do se le cortó el aliento. En muchos sentidos.
—Uhh…
—No hagas ruido.
A pesar de estar gimiendo de forma seductora mientras movía la cintura sobre él, Gyo Seung-wan dijo eso. Tras taparle la boca con fuerza y lanzarle una mirada penetrante con ojos perdidos, solo apartó la mano cuando el sonido de I-do se detuvo. I-do jadeó levemente.
—¿...Acaso os disgusta que haga ruido?
—¿Por qué debería yo escuchar los gemidos de placer que suelta alguien como tú?
Como si odiara incluso escuchar su voz, Seung-wan sujetó la mandíbula y la mejilla de I-do, sacudiéndolo a su antojo antes de soltarlo.
—Quédate quieto. Me cortas la excitación.
Seung-wan, demasiado ebrio, seguía pareciendo incapaz de distinguir si aquel era un esclavo sexual o Gyo I-do. De hecho, si supiera que era Gyo I-do…
I-do soltó una risa seca. Si supiera que es su medio hermano, él, que se mezclaba con el Padre Real como si nada, probablemente se sorprendería tanto que se le pasaría la borrachera.
—…
Como fuera, I-do no quería romper este momento haciendo que Seung-wan recuperara la sobriedad en vano. Así que, tal como él deseaba, cerró la boca con fuerza y reprimió el placer para que no saliera ningún sonido. El gemido que desde el principio había sido tan pequeño que casi parecía una respiración agitada, desapareció por completo sin dejar rastro.
—Deberías haberlo hecho desde el principio.
A Seung-wan pareció gustarle mucho aquello, pues movió su cuerpo a su antojo buscando únicamente su propio placer. El éxtasis visual que entraba en el campo de visión de I-do era intenso. Si podía seguir viendo esta imagen, estaba dispuesto a entregar su cuerpo tantas veces como fuera necesario.
—Ah-h… hgh, ngh, n-ngh… ¡Agh…!
El interior de Seung-wan que tragaba lo suyo era muy estrecho, y aunque lo mordía sin dejar huecos, era muy suave al entrar y salir. Sin embargo, no podía tragárselo todo, apenas lograba albergar la mitad. Seung-wan no lo introdujo más allá. El hecho de que frunciera el ceño con solo entrar un poco más profundo indicaba que más de eso parecía imposible.
—Ha-huu, hgh…ah, h-hmp…qué bien, haah, huu…
¿Debería sujetar sus caderas y empujar a la fuerza hasta el final?
Tenía poco conocimiento y ninguna experiencia, pero su instinto palpitaba. Si esa pared interna que solo tocaba la mitad pudiera tragarse lo suyo hasta el fondo, eso en sí mismo sería el paraíso. Su mente se llenó con la idea de abrir a la fuerza aquel lugar angosto y entrar en el interior de Seung-wan. El hilo de su razón se volvía cada vez más delgado.
—…Tú.
Pero Seung-wan, detectando ese deseo de I-do como si fuera un fantasma, sujetó sus grandes manos y las presionó contra el lecho. Por la sorpresa, I-do soltó un gemido.
—Te atreves.
Seung-wan, habiendo calado todas sus intenciones, sonrió con arrogancia desde arriba. Era una sonrisa que no había podido ver fácilmente desde que regresó al palacio. Al mismo tiempo, se sentía incluso una clara naturaleza obsesiva por la limpieza. A pesar de ser él quien lo había violado primero, parecía libre de todo pecado.
I-do se sintió desesperado, sintiendo que solo él era el sucio y solo él era quien lo deseaba.
—Quédate quieto. No intentes ninguna triquiñuela.
Aun así, no tuvo más remedio que obedecer sus palabras. Aunque fuera doloroso, era él quien deseaba que este tiempo continuara. Lo mejor era aguantar aunque el impulso golpeara su corazón. I-do se esforzó por no perder la razón que apenas lograba sujetar. Entonces, Seung-wan volvió a moverse únicamente para saciar su propio deseo.
***
—Ha-huu…hgh…ha…ah…
Para cuando el tiempo fluyó y la noche se volvió más oscura y profunda, I-do se encontraba en un estado de agotamiento mayor que si hubiera regresado de un campo de batalla. Mientras él apenas lograba eyacular una sola vez, Seung-wan había alcanzado el clímax tantas veces como quiso. Y aquello solo fue posible porque Seung-wan, como si le otorgara un favor, apretó el pene de I-do con sus muslos para permitirle llegar.
—…
I-do sentía que su visión se teñía de rojo mientras resistía, hasta el punto de pensar que preferiría estar siendo torturado.
A Seung-wan le divertía ver cómo I-do se contenía con todas sus fuerzas, así que lo atormentó deliberadamente. Acto seguido, mientras lo ridiculizaba con toda clase de palabras, golpeó suavemente las mejillas enrojecidas de I-do, una y otra vez. Entonces, extrajo su pene de su interior, que lo mantenía firmemente sujeto, y avanzó de rodillas hasta quedar frente al rostro de I-do.
—Qué insolente. Mira que ensuciar mis muslos de esta manera.
El estímulo visual era tan atroz que I-do se sintió incluso abrumado. Seung-wan abrió las piernas de par en par frente a I-do, revelando sin filtros su entrepierna por donde hace un momento entraba y salía el pene, y el semen derramado sobre sus muslos blancos y enrojecidos. Cuando Seung-wan agarró el pelo de I-do y lo atrajo hacia el espacio entre sus piernas, I-do estaba encendido hasta las orejas y el cuello.
—¿Qué haces? Límpialo con la lengua.
No podía evitarlo, y tampoco quería hacerlo. I-do sacó la lengua torpemente. Sin embargo, Seung-wan, que le había ordenado limpiar su propia semilla, lo dejó hacer por un momento antes de empujar su pene dentro de la boca de I-do. Como lo introdujo hasta el fondo sin ninguna consideración, I-do se sintió agobiado por el pene de Seung-wan que golpeaba su garganta.
—Qué bien, h-huu…ahí, sigue chupando…ah, hgh.
Como era raro que el Padre Real le hiciera sexo oral, Seung-wan disfrutó del interior de la boca de I-do a su antojo. Aquella boca, cuya fuerza de succión era intensa, se aferraba a lo suyo como si se pegara a él.
I-do ni siquiera sabía cómo hacer sexo oral, así que simplemente mantenía lo de Seung-wan en su boca y frotaba su lengua. Sin embargo, cuando Seung-wan le sujetó el pelo y lo presionó con fuerza, solo con eso se sintió bien.
—H-hg…ngh, ha-huu…
Ya estaba a punto de alcanzar el clímax. La mano de Seung-wan, que sujetaba el pelo de I-do, se apretó aún más. Mientras agitaba aquel interior caliente, húmedo y que se adhería con fuerza, Seung-wan cerró la boca. Un gemido distorsionado, mmmh, escapó de su boca mientras su bajo vientre punzaba. Seung-wan exhaló un suspiro lánguido y echó la cabeza hacia atrás.
—Aah, hgh, h-huu, ngh…
—Aah…
I-do, que no apartaba la mirada de Seung-wan, frunció el rostro por primera vez y cerró los ojos. Tras separarse de Seung-wan, quien se retiró dócilmente al estar satisfecho, I-do intentó escupir el semen un par de veces, pero fue en vano. Antes de que pudiera hacer nada, el semen de Seung-wan bajó por su garganta. Además, la eyaculación no terminó con una sola descarga.
—…Huu.
Finalmente, aunque le resultaba pesado, I-do tragó todo el líquido que fluía y, no pudiendo más, apartó a Seung-wan. Le dio un fuerte ataque de tos al atragantarse. En medio de eso, un sabor metálico inolvidable recorría su lengua. Era un sabor metálico diferente al de la sangre al que I-do estaba acostumbrado.
Por un momento, I-do intentó enjuagarse la boca con el alcohol que había cerca, pero se detuvo y miró a Seung-wan. Le resultó extraño que estuviera tan tranquilo después de haberlo empujado.
—¿…?
Seung-wan se había quedado dormido mientras I-do tosía con dificultad. Al ver a Seung-wan durmiendo acurrucado en el lecho, I-do se quedó atónito y, por un momento, perdió el habla. Habían ocurrido demasiadas cosas en muy poco tiempo.
—Haa.
Tras titubear un momento, algo inusual en él, I-do volvió a vestir a Seung-wan. Después de acomodarlo en el lecho, tomó la manta arrugada y lo cubrió. Solo entonces tuvo la calma necesaria para contemplar a Seung-wan.
Hacía un momento se mostraba tan lascivo y desordenado sobre él, pero su imagen durmiendo parecía totalmente inocente.
—…
El deseo carnal que acababa de reconocer le hacía cosquillas en la comisura de la boca. Ese deseo se parecía mucho al apetito. Sentía ganas de metérselo en la boca y mordisquearlo.
I-do, sin pensarlo, puso su mano sobre la mejilla de Seung-wan y la deslizó. El entorno seguía en silencio y no se oía rastro de presencia humana. Tenía tiempo suficiente para tocar esos labios debidamente al menos una vez.
Por favor, que no te despiertes.
Juntando las yemas de sus dedos temblorosos, I-do se acercó a Seung-wan. Su aliento ligero le producía escalofríos. Justo cuando una saliva viscosa bajaba por su garganta, sus labios cálidos se tocaron suavemente. Pronto, las superficies en contacto se presionaron ligeramente. I-do, que estaba tan tenso que sentía un cosquilleo en los labios, solo pudo exhalar cuando se separó de él. Seung-wan seguía dormido, sin señales de despertar.
…Así que dio un paso más. En su pecho blanco, lleno de las marcas dejadas por el Padre Real, dejó su propia marca. Era solo una entre muchas, pero la marca recién hecha era más rojiza que las demás.
Ah, qué hermoso.
Tras alternar su mirada durante un largo rato entre el rastro que dejó y el dueño que portaba ese rastro, I-do huyó del lugar. A diferencia de cuando entró, salió por otra puerta y se dirigió a su estancia en el palacio de verano.
Al día siguiente, Seung-wan parecía no recordar nada. Al parecer escuchó que solo I-do había entrado, pero al ver su rostro, solo mostró una expresión de incomodidad y nada más.
—Me preocupa haber cometido alguna grosería. Estaba tan borracho que no recuerdo nada…
Le habló con una voz elegante, totalmente distinta a la de la noche anterior. Que Seung-wan, quien evitaba incluso hablar con él, le preguntara primero indicaba que debía estar muy preocupado. I-do respondió sin vacilar.
—Cuando entré, hyung ya estabais durmiendo. Como el alcohol se había derramado por todas partes y no podía dejaros así, simplemente os trasladé al lecho. Eso es todo.
—…Vaya, te he causado molestias.
—No es nada.
La mirada de Seung-wan era aguda y se dirigió a los labios de I-do, donde quedaban heridas, pero al mismo tiempo no deseaba saber nada sobre I-do, así que no dijo más.
—Majestad, el Padre Real busca al Príncipe Heredero.
Justo en ese momento llegó el eunuco. Seung-wan sonrió suavemente y miró a I-do.
—Entonces, I-do. Nos vemos luego.
—Sí, hyung.
Él se alejaba de su lado. Una leve distorsión apareció en la expresión de I-do mientras observaba la espalda de Seung-wan.
Incluso sin ir a verlo, lo sabía. Probablemente, en cuanto estuvieran solos, el Padre Real tomaría a Seung-wan en sus brazos. Luego se disculparía por lo ocurrido ayer y consolaría a Seung-wan, quien fingiría estar molesto. Poco después, la mano de Padre Real entraría bajo la ropa de Seung-wan para explorar su piel blanca a su antojo. Como Seung-wan no tendría tiempo de tomar la medicina, sentiría plenamente el placer ante los gestos de Padre Real.
¿Acaso cubriría de nuevo con sus labios, una a una, las marcas de besos grabadas en su pecho?
Él no sabría que una de ellas era mía. Ni que anoche, sobre mí, mostró un rostro que jamás enseña ante el Padre Real.
Sin embargo, no podía sentir superioridad con tan poca cosa. I-do se mordisqueaba los labios repetidamente. Era una herida pequeña que sanaría al instante con Agua Bendita, pero no quería borrar el dolor que sentía en sus labios destrozados. Si pudiera dejar la herida grabada para siempre a través del dolor, no le importaría sufrir toda la vida.
Sin embargo, si la lastimaba a propósito, estaría dañando lo que ya existía, por lo que la herida que no tocaba fue sanando naturalmente con el paso del tiempo. Para su desgracia, al ser en los labios, no dejó ni una pequeña cicatriz.
Lo único que I-do podía hacer era acariciar sus propios labios de vez en cuando. Cuando el dolor punzante florecía en sus labios presionados por sus uñas, recordaba el momento en que su visión se llenaba por completo con la figura de Gyo Seung-wan. Todo su cuerpo se encendía al instante con la lujuria, cortándole el aliento dulcemente.
Naturalmente, no sentía culpa por desear a su hermano.
I-do deseaba a Seung-wan como si fuera algo que debía ser así por derecho, y mientras pensaba en él, abrazaba a hombres vestidos con ropajes de seda roja. A esos hombres, que cambiaban cada vez, les ponía ornamentos incluso más lujosos que los que usaba Seung-wan. Sin embargo, se unía a sus cuerpos manteniendo sus vestiduras intactas, bajando solo la parte inferior. Si se concentraba solo en la ropa y en las sensaciones sin mirar sus rostros, entraba en celo rápidamente.
Pero todo aquello no tenía sentido. I-do se dio cuenta de ello pronto y dejó de hacer tonterías. Aunque trajera a miles de personas parecidas, no le llegaban ni a los talones a Seung-wan. Al contrario, cuanto más los abrazaba, más deseaba poseer a Seung-wan. Solo él era su anhelo ferviente. Por muy hermosa que fuera la persona que trajera a su dormitorio, no se comparaba con la excitación que sentía al verlo a él desde lejos.
Era solo él. Gyo Seung-wan. Ese hombre que gemía falsamente mientras se mezclaba con su padre.
Deseaba que la persona que cometía la inmoralidad en su dormitorio cada noche fuera él y no el Padre Real.
—Teniendo este cuerpo, habéis vivido sin conocer siquiera el placer del coito.
Deseo fervientemente que caiga en mis garras.
—Hyung. Yo os enseñaré cómo se hace.
…Y, finalmente, así fue.
Raw: Elit.
Traducción: Ruth Meira.
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